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Lucas 3,10-18: Exhortaba al pueblo y le anunciaba la Buena Noticia


En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan:

-¿Entonces, qué hacemos?

El contestó:

-El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.

Vinieron también a bautizarse unos publicanos; y le preguntaron:

-Maestro, ¿qué hacemos nosotros?

El les contestó:

-No exijáis más de lo establecido.

Unos militares le preguntaron:

-¿Qué hacemos nosotros?

El les contestó:

-No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino contentaos con la paga.

El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:

-Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu Santo y fuego: tiene en la mano la horca para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.

Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba la Buena Noticia.

REFLEXIÓN (del Rezo del Ángelus del Papa Benedicto XVI del  17 de diciembre de 2006):

En este tercer domingo de Adviento la liturgia nos invita a la alegría del espíritu. Lo hace con la célebre antífona que recoge una exhortación del apóstol san Pablo: "Gaudete in Domino", "Alegraos siempre en el Señor... El Señor está cerca".

También la primera lectura bíblica de la misa es una invitación a la  alegría. El profeta Sofonías, al final del siglo VII antes de Cristo, se dirige a la ciudad de Jerusalén y a su población con estas palabras:  "Regocíjate, hija de Sión;  grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, hija de Jerusalén... El  Señor tu Dios está en medio de ti como poderoso salvador" (So 3, 14. 17).

A Dios  mismo lo representa el profeta con sentimientos análogos: "Él se goza y se  complace en ti, te renovará con su amor, exultará sobre ti con júbilo, como en los  días de fiesta" (So 3, 17-18).

Esta promesa se realizó plenamente en el misterio de  la Navidad, que celebraremos dentro de una semana y que es necesario renovar en  el "hoy" de nuestra vida y de la historia.

La alegría que la liturgia suscita en el corazón de los cristianos no está reservada  sólo a nosotros:  es un anuncio profético destinado a toda la humanidad y de modo  particular a los más pobres, en este caso a los más pobres en alegría.

Pensemos en  nuestros hermanos y hermanas que, especialmente en Oriente Próximo, en algunas  zonas de África y en otras partes del mundo viven el drama de la guerra: ¿qué  alegría pueden vivir? ¿Cómo será su Navidad? Pensemos en los numerosos enfermos y en las personas solas que, además de  experimentar sufrimientos físicos, sufren también en el espíritu, porque a menudo se sienten abandonados: ¿cómo compartir con ellos la alegría sin faltarles al  respeto en su sufrimiento?

Pero pensemos también en quienes han perdido el  sentido de la verdadera alegría, especialmente si son jóvenes, y la buscan en vano  donde es imposible encontrarla: en la carrera exasperada hacia la autoafirmación y  el éxito, en las falsas diversiones, en el consumismo, en los momentos de  embriaguez, en los paraísos artificiales de la droga y de cualquier otra forma de  alienación.

No podemos menos de confrontar la liturgia de hoy y su "Alegraos" con estas  realidades dramáticas. Como en tiempos del profeta Sofonías, la palabra del Señor se dirige de modo privilegiado precisamente a quienes soportan pruebas, a los "heridos de la vida y huérfanos de alegría".

La invitación a la alegría no es un  mensaje alienante, ni un estéril paliativo, sino más bien una profecía de salvación, una llamada a un rescate que parte de la renovación interior.

Para transformar el mundo Dios eligió a una humilde joven de una aldea de Galilea, María de Nazaret, y le dirigió este saludo: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está  contigo". En esas palabras está el secreto de la auténtica Navidad. Dios las repite a  la Iglesia, a cada uno de nosotros: "Alegraos, el Señor está cerca".  Con la ayuda de María, entreguémonos nosotros mismos, con humildad y valentía, para que el mundo acoja a Cristo, que es el manantial de la verdadera alegría.