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Mateo 5,13-16: ser sal de la tierra y luz del mundo


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
-Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
REFLEXIÓN (de los "Sermones de San Agustín"):

Suele preocupar a muchos, amadísimos, el que nuestro Señor Jesucristo, habiendo dicho en el sermón de la montaña: birille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo, haya dicho después: Procurad no hacer vuestras buenas obras delante de los hombres para ser vistos por ellos.

Esto causa, en efecto, turbación en la mente de quien es corto de inteligencia, y, deseando ciertamente obedecer a uno y otro precepto, fluctúa entre pensamientos diversos y adversos. Uno no puede obedecer a un solo señor que ordena cosas contrarias al mismo tiempo, del mismo modo que nadie puede servir a dos señores, según el testimonio del Salvador en el mismo sermón. ¿Qué ha de hacer, pues, el alma indecisa que considera que no puede obedecer y al mismo tiempo teme no hacerlo?

Si expone a la luz pública sus buenas obras para que sean vistas por los hombres, con el fin de cumplir lo mandado: Brille vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a Vuestro Padre que está en el cielo, se considerará culpable de haber obrado contra el precepto que dice: Procurad no hacer vuestras buenas obras delante de los hombres para ser vistos por ellos. Y si, por el contrario, por temor y cautela ocultase lo bueno que hace, juzgará no servir a quien ordenando le dice: Brille vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras.

Quien los entiende rectamente cumplirá uno y otro precepto y servirá al Señor, dueño de todo, que no le condenaría como siervo perezoso si le hubiese mandado algo de todo punto imposible. Escuchad, por tanto, a Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, segregado para el Evangelio de Dios; él cumple y enseña una y otra cosa. Ved cómo brilla su luz ante los hombres para que vean sus buenas obras: Nos recomendamos, dice, a nosotros mismos a toda conciencia de hombres en la presencia de Dios, Y en otro lugar: Nos preocupamos de hacer el bien, no sólo delante de Dios, sino también delante de los hombres. Y todavía: Agradad a todos en todo, como yo lo hago. Ved ahora cómo se preocupa de no hacer sus obras buenas delante de los hombres para ser visto por ellos: Examine cada cual sus obras, dice, y entonces hallará de qué gloriarse en sí mismo y no en otro. Y en otra parte: Porque nuestra gloria es el testimonio de nuestra conciencia.

Pero nada tan manifiesto como esto: Si todavía buscaste agradar a los hombres, dice, no sería siervo de Cristo. Y para que ninguno de los que se sienten turbados por los preceptos del Señor, como si fueran contrarios entre sí, intente plantearle a él con más motivo la misma dificultad y le pregunte: «¿Cómo dices tú: Agradad a todos en todo, como yo lo hago y, al mismo liempo, si aún buscase agradar a los hombres no sería siervo de Cristo? Ayúdenos el Señor, que hablaba también por boca del Apóstol su siervo; descúbranos su voluntad y concédanos la gracia de obedecerle.

Las mismas palabras evangélicas llevan consigo su explicación. Con todo, no cierran la boca de los hambrientos, puesto que alimentan los corazones de quienes pulsan a sus puertas. Ha de examinarse la intención del corazón humano: a dónde se dirige y dónde fija su mirada. Si quien desea que sus buenas obras sean vistas por los hombres, coloca ante ellos su gloria y utilidad personal y es esto lo que busca en presencia de ellos, no cumple nada de lo mandado por el Señor al respecto, porque buscó el hacer sus buenas obras delante de los hombres para ser visto por ellos, pero no brilló ante ellos su luz en forma tal que, viendo esas buenas obras, glorificasen al Padre que está en el cielo. Quiso glorificarse a sí mismo, no a Dios, Buscó su propia voluntad, no amó la de Dios. De los tales dice el Apóstol: Todos buscan sus intereses, no los de Jesucristo.

Por esto, el pasaje no concluye donde dice: Brille vuestra luz delante de los hombres para que vean vuestras buenas obras, sino que añadió seguidamente con qué intención han de hacerse: para que glorifiquen, dice, a vuestro Padre que está en el cielo.

En consecuencia, el hombre, al hacer el bien para que sea visto por los hombres, en su interior debe tener como intención el obrar bien; la intención, en cambio, de darlo a conocer téngala solamente para alabanza de Dios, pensando en aquellos a quienes lo da a conocer. A éstos es provechoso el que cause agrado Dios, que concedió al hombre el don de hacer el bien, para que no pierdan la esperanza de que también a ellos, si lo desean, puede serles concedido.

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Mateo 5,13-16: Sal de la tierra y luz del mundo


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:

-Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del celemín sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

REFLEXIÓN:

Este pasaje bíblico es parte del Sermón de la montaña, donde Jesús acaba de enunciar las bienaventuranzas. Es a aquellos a quienes el Señor primeramente ha llamado dichosos por su pobreza de espíritu, a quienes ahora les dice que son sal de la tierra y luz del mundo.

Tanto la sal como la luz, representan aquí símbolos cuya aplicación va más allá del mero significado de cada una de estas palabras.

La sal tiene la función de dar o acentuar el sabor de los alimentos; igualmente sirve para preservarlos de la descomposición o corrupción a que pueden estar expuestos. En tanto que la luz proporciona claridad y facilita distinguir las cosas; iluminando el entorno y el camino, nos proporciona una valiosa ayuda para no tropezar ni tomar sendas erradas.

El verdadero cristiano es aquel que asume las bienaventuranzas pronunciadas por Jesús como su forma de vida y su esperanza futura; como tal, está también llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo, participando activamente en la transformación de la sociedad para hacer realidad la presencia del Reino de Dios en el medio en que se desenvuelve, difundiendo el mensaje del Evangelio de Jesucristo.

Esto implica vivir la fe de una manera comunitaria, porque de nada sirve la sal si se queda aislada en el salero y no se vierte en los alimentos. Esa sería la sal sosa, porque en realidad no está sirviendo para los propósitos a que debe ser destinada.

En cuanto a la luz, actualmente hay muchas luces engañosas que intentan confundir, promoviendo falsos valores basados en ilusiones pasajeras y materiales que no trascienden al cabo de nuestros días en la tierra. No vivimos las bienaventuranzas de Jesús cuando preferimos las ofertas del mal y aceptamos sus tentaciones dejándonos deslumbrar por esas luces artificiales que proponen el poder y el dinero como la felicidad a alcanzar, a costa de la injusticia mediante la indiferencia y falta de caridad hacia nuestros hermanos.

Debemos ser luz de Cristo, que proyecte la verdadera luz que sólo puede provenir de él. Otra luz sería humeante, no alumbraría lo suficiente y tendría que ser reemplazada por la verdadera, para no tropezar ni caernos en nuestro caminar.

Ser sal de la tierra y luz del mundo, es llevar a todos el mensaje de Jesús de que tenemos un Padre que nos ama tanto que ya nos ha redimido, por gracia, de la esclavitud del pecado mediante la entrega de su Hijo; es mostrar la acción de esa redención en nuestras propias vidas mediante la buenas obras de caridad practicadas con los que nos rodean; así estaremos dando gloria a nuestro Padre celestial e invitando y estimulando a los demás a hacer lo mismo, y como dice el profeta Isaías, practicando la justicia y la misericordia brillará nuestra luz en las tinieblas, y nuestra oscuridad se volverá mediodía.

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