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Lectura orante del Evangelio del Viernes de la Semana 5 de Cuaresma: Juan 10,31-42


Al orar con tu Palabra en este día, pedimos, Señor, que nos proveas de la abundancia de tu Espíritu Santo para que la acojamos como lo que ella es, tu presencia entre nosotros; y que podamos interpretar correctamente lo que con ella nos quieres comunicar en este momento; para luego aplicarlo animosamente en la vida cotidiana nuestra. Amén.

1. Lectura

a) Texto del día

Juan 10,31-42: En aquel tiempo, los judíos trajeron otra vez piedras para apedrearle. Jesús les dijo: «Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?». Le respondieron los judíos: «No queremos apedrearte por ninguna obra buena, sino por una blasfemia y porque tú, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios». Jesús les respondió: «¿No está escrito en vuestra Ley: ‘Yo he dicho: dioses sois’? Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios —y no puede fallar la Escritura— a aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo, ¿cómo le decís que blasfema por haber dicho: ‘Yo soy Hijo de Dios’? Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, aunque a mí no me creáis, creed por las obras, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre». Querían de nuevo prenderle, pero se les escapó de las manos. Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había estado antes bautizando, y se quedó allí. Muchos fueron donde Él y decían: «Juan no realizó ninguna señal, pero todo lo que dijo Juan de éste, era verdad». Y muchos allí creyeron en Él.

b) Contexto histórico y cultural

Jesús ha acudido otra vez al Templo de Jerusalén en ocasión de una de las fiestas religiosas judías; esta vez, la fiesta de la Dedicación, que no era una festividad de peregrinación obligatoria, y que había sido instituida como una purificación al Templo por los Macabeos, luego de expulsar las tropas del rey Antíoco Epifanes un par de siglos atrás, tras haber profanado ese lugar. En su visita, Jesús, ante la respuesta afirmativa que da a la pregunta de los judíos de si Él era el Mesías, recibe nuevamente una agresiva embestida de parte de ellos.

2. Meditación (para leer lenta y pausadamente; deteniéndose a meditar y saborear cada palabra, cada verso y cada estrofa, relacionándolos con el Evangelio del día y con nuestra vida)

No intentemos apedrear a Dios

No intentemos apedrear a Dios,
pues pronto retornan las piedras
y, más que blanco, somos presa
de nuestra absurda mala intención.

Es una pretendida agresión
negar, de Jesús, la grandeza,
de quien está en la presencia
de Dios, su Padre, sumo creador.

Pero nuestra actuación es horror,
por la que Jesús siente pena,
cuando sus obras, todas buenas,
ignoramos, y no hay conversión.

Que no sea piedra, que sea una flor,
para aquel cuya vida entrega
en la cruz, siendo Él mismo ofrenda,
para así salvarnos con su amor.

Amén.

3. Oración

Tus obras son todas buenas

Tus obras son todas buenas,
de Dios, hermosa faena,
con que la tierra se llena
de misericordia plena;

Señor, que por tus tareas,
en Ti, todos siempre crean.

Amén.

4. Contemplación (en un profundo silencio interior nos abandonamos por unos minutos de un modo contemplativo en el amor del Padre y en la gracia del Hijo, permitiendo que el Espíritu Santo nos inunde. En resumen, intentamos prolongar en el tiempo este momento de paz en la presencia de Dios).

5. Acción

A reconocer a Jesús,
como el Hijo de Dios,
Dios encarnado,
estoy invitado en este día,
y en toda mi existencia;
esa es mi fe, con ella continuaré.
Amén.