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¿Por qué el mal?

(De "Cada día es un alba" por Louis Evely)

El tormento de las filosofías y la ambición de las religiones ha sido siempre responder a los grandes interrogantes de la humanidad: ¿cómo explicar y cómo evitar el sufrimiento en esta vida (las enfermedades, etc.) y en la otra (infierno, purgatorio, reencarnaciones...) y, sobre todo, ese supremo sufrimiento que es la muerte?

Cristo, por su parte, no pretende enseñar ni la causa ni la finalidad de la existencia del mal. Pero hizo mucho más que eso: mostró que el amor puede soportar y vencer al mal y a la mismísima muerte, y se atrevió a afirmar: «¡Dichosos los que lloran!»

¿Qué significa esta paradoja?

Una cierta teología ha querido explicar el mal por el pecado del hombre. Esta era ya la opinión de los apóstoles ante el ciego de nacimiento: «¡Quién pecó para que naciera ciego: él o sus padres? » Para todos los que piensan de este modo, ¡desdichados los que lloran! Su sufrimiento denuncia su pecado. ¿Puede haber algo peor?

Una determinada escuela de espiritualidad, por el contrario, ha tratado en vano de justificar y canonizar el sufrimiento por el perfeccionamiento moral que ocasiona, los méritos que hace adquirir y la intercesión a que da lugar. Con una preocupación, digna de todo respeto, por disminuir el escándalo del sufrimiento, algunos han llegado incluso a caer en el «dolorismo»: puesto que el sufrimiento es bueno y útil para uno mismo y para los demás, hay que buscarlo, cultivarlo y preferirlo. «O padecer o morir», decía santa Teresa de Jesús. Y así es como ha habido creyentes que, para buscar el dolor, han hecho tantos esfuerzos como los paganos para evitarlo.

Pero, en verdadera doctrina cristiana, el valor de un acto no es jamás proporcional a los sufrimientos que conlleva, sino a la caridad que lo inspira. Cristo no buscó el sufrimiento; únicamente quiso amar y aliviar a los que sufrían. Lo que le faltaba a la redención del mundo, con anterioridad a él, no era una determinada cantidad de sufrimientos, de los que la tierra estaba verdaderamente saturada, sino una revelación de amor.

No. Es preciso reconocer que, si el sufrimiento sirve para madurar y «elevar» a algunos, lo cierto es que quebranta y destruye a muchos más; que no hay proporción entre el mal y la falta, como tampoco la hay entre la crueldad de los tormentos y el bien que de ellos se pueda obtener. En presencia de un mongólico, o de un bebé monstruoso, o de un herido que aulla de dolor, o de un psicópata al que corroe la angustia, ¿quién se atreverá a hablar de la «bondad » o el «mérito» del sufrimiento?; ¿quién puede afirmar que tales pruebas son enviadas por Dios para nuestro bien? ¡Como si Dios se complaciera en torturar a sus hijos! ¡Como si Dios se vengara de sus enemigos!

La verdadera grandeza del cristianismo consiste en haber superado el sufrimiento a través del amor. Jesús reveló que existe un amor que es capaz de soportar el sufrimiento y que prefiere amar y sufrir, antes que no sufrir y no amar.

Todos hemos conocido a padres de hijos anormales que, siguiendo a Jesús, han resuelto su problema simplemente a base de amor, y cuya vida gira enteramente en torno a un ser perpetuamente tendido en la cama y que de vez en cuando les recompensa con una sonrisa.

Por desgracia, también hay sufrimiento sin amor; por supuesto que sí. Pero lo que no hay es verdadero amor sin sufrimiento. ¡Dichosos los que lloran por amor a la justicia ofendida, a los pobres abandonados, a los enfermos mal atendidos, a los afligidos carentes de consuelo! ¡Dichosos los que en nuestro apresurado mundo no pasan indiferentes junto a la miseria! ¡Dichosos los que son compasivos y solícitos para con los demás y son capaces de reconocer a Cristo en el hambriento, en el vagabundo y en el encarcelado!