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La Cuaresma de nuestra vida

(De "El año Litúrgico" por Karl Rahner)

En el año litúrgico hay un tiempo consagrado a la penitencia. ¿Debemos extrañarnos por ello? Entendemos bien que en siglos anteriores los hombres podían tener necesidad de un tiempo para poner orden en su vida espiritual y religiosa. Tenían la alegría del vivir, estaban saciados y libres de preocupaciones, celebraban el carnaval por todas las calles con una risa que todavía venía del corazón. Por eso podían vivir —pensamos— un breve tiempo de recogimiento, de seriedad, de reflexión y de ascesis como cambio benéfico en el flujo de la vida y del alma. ¿Y nosotros? ¿No suena para nuestra sensibilidad como rara y alejada de la realidad la predicación de la Iglesia de que comienza ahora el tiempo de la seriedad, de la conversión y del ayuno? ¿No nos parece la cuaresma como una polvorienta ceremonia de los antiguos tiempos? ¿Qué nos va a decir esta época a nosotros, que vivimos con el corazón amargado y sin esperanza terrena, a nosotros, que ayunaríamos a gusto si no tuviéramos que pasar hambre?

No, la cuaresma comienza para nosotros mucho antes del miércoles de ceniza y dura más que cuarenta días. Esa cuaresma nuestra es tan real, que no necesitamos practicarla en este tiempo de penitencia litúrgicamente fijado. La cuaresma no litúrgica de nuestra vida nos parece más dura y más amarga que cualquier otra época de dolor de las generaciones pasadas. Pues sufrimos no sólo porque nos falta la saciedad y la despreocupada seguridad, no sólo porque vivimos en la oscuridad y en las sombras de la muerte, sino ante todo porque nos parece que Dios está lejos de nosotros.

Evidentemente, esta afirmación no vale para todos. No atañe a los corazones llenos de Dios. Pero el hombre a quien le conviene no puede sentirse orgulloso de sí mismo, porque la amargura de su corazón es infinita. No es una frase que preconiza una propiedad que el hombre no se debía dejar arrebatar y que Dios podría anular para conceder su proximidad y la certeza de su amor que hace bienaventurado, como si la desesperación hiciera el corazón del hombre más grande que la felicidad. Convertir el alejamiento de Dios en un motivo de jactancia para el hombre (como lo hacen algunas formas de filosofía existencial) es pecado, y al mismo tiempo es estúpido y perverso. Este alejamiento de Dios en muchos es más bien un hecho real y exige una explicación; es un sufrimiento, el sufrimiento más profundo de la cuaresma de la vida mientras peregrinamos lejos del Señor.

Alejamiento de Dios no quiere decir aquí que uno niegue la existencia de Dios o que, indiferente, prescinda de Él en su vida; esto puede ser con frecuencia —pero no siempre— una falsa reacción contra el estado aludido. Alejamiento de Dios significa aquí algo que también puede encontrarse en los hombres que creen, que echan de menos a Dios y que ansían su luz y su proximidad beatificante. También éstos, precisamente éstos, experimentan con frecuencia su significado: Dios se les aparece como irreal, mudo y callado, abrazando nuestra existencia sólo como un vacío horizonte lejano en cuya infinitud intransitable discurren sin salida nuestros pensamientos y las exigencias de nuestro corazón. Alejamiento de Dios significa que nuestro espíritu está cansado de los enigmas sin solución, nuestro corazón desanimado por las oraciones no atendidas, y se piensa en Dios como en una de aquellas grandes palabras, a fin de cuentas no creídas, entre las que los hombres ocultan una vez más su desesperación, porque ésta no tiene la fuerza de tomarse como cosa importante. Dios nos parece ser solamente aquella ilusoria e inaccesible infinitud que, para nuestro tormento, hace aparecer la realidad como todavía más finita y más cuestionable, y a nosotros mismos nos convierte, en nuestro mundo, en vagabundos sin patria, porque esa infinitud nos arrastra a la grandiosidad de un deseo que nosotros mismos no podemos satisfacer jamás, que Él tampoco parece querer llenar.

La humanidad occidental de hoy, más que la de otras épocas, da la impresión de que tiene que madurar expiando, en el purgatorio de este alejamiento de Dios. Si en el destino de cada uno se dan, junto al afortunado día de la proximidad de Dios, las noches del sentido y del espíritu, en las que la infinitud del Dios viviente se aproxima a los hombres por el hecho de que aparece más lejano y menos alcanzable, ¿por qué no se experimentará lo mismo en los pueblos y continentes, de manera que sea la santa liberación de todos? Que ello fuera culpa de una época, que se confinó en este estado, no es una prueba contra el hecho de que este estado pudiera ser una feliz culpa. El ateísmo teórico y práctico de muchos sería, desde este punto de vista, sólo la falsa reacción, por impaciente y temeraria, contra semejante proceso; sería reaccionario en sentido auténtico: se limitaría a la vivencia infantil de la proximidad de Dios como exigencia y condición de adoración; cuando no se da ya esa vivencia, no se puede contar para con Dios, no hay Dios. El ateísmo de nuestros días sería entonces el terco cerrarse al madurar para Dios en el purgatorio nocturno de un corazón atribulado, para un Dios que siempre es más grande de lo que se le pensado y amado el día anterior. Y, por fin, hay un alejamiento de Dios que se da lo mismo en los hombres piadosos que en los impíos, que desconcierta al espíritu y hace al corazón indeciblemente medroso. Los hombres piadosos no lo reconocen fácilmente porque piensan que algo así no puede sucederles (aunque el mismo Señor ha invocado: "Dios, ¿por qué me has desamparado?") y los otros, los no piadosos, sacan falsas consecuencias de los hechos reconocidos.

Si este alejamiento de Dios de un corazón atribulado, es la mayor amargura de la cuaresma de nuestra vida, es lógico que nos preguntemos cómo nos desenvolveremos y —lo que es lo mismo— cómo podemos celebrar hoy la cuaresma de la Iglesia. Pues cuando el amargo alejamiento de Dios se convierte en un culto a Dios, la cuaresma del mundo se transforma en la cuaresma de la Iglesia.

Lo primero que tenemos que hacer es esto: aceptar este alejamiento de Dios del corazón atribulado, y no huir de él con ocupaciones piadosas o mundanas, aceptarlo sin los narcóticos del mundo, del pecado y de la desesperación. ¿Cuál es el Dios que está alejado de ti en ese vacío del corazón? No el verdadero, no el Dios viviente; pues éste es el incomprensible, el innominado, para que pueda ser el Dios de tu corazón sin medida. Se ha alejado de ti un Dios que no existe; un Dios comprensible, un Dios de los pensamientos pequeños y de los sentimientos baratos y modestos del hombre, un Dios de la seguridad terrena, un Dios que cuida de que los niños no lloren y el amor de los hombres no desemboque en desengaño, un venerabilísimo... ídolo. Éste es el que se ha alejado. Este alejamiento de Dios debe aceptarse. Desde luego, podemos afirmar lo que sigue: deja que la desesperación te quite aparentemente todas las cosas, deja que invada tu corazón de forma que, en apariencia, no quede ninguna salida más a la vida, a la plenitud, a la amplitud y a Dios. No desesperes en la desesperación: deja que te quite todo; en realidad, te será arrebatado sólo lo finito y lo vano, por muy fantástico y grandioso que haya sido y aunque seas tú mismo, tú mismo con tus ideales, tú mismo con los proyectos de tu vida, que estaban planeados tan sabia y exactamente, tú con tu imagen de Dios, por la que se asemeja a ti, en vez de parecerse al incomprensible. Déjate cerrar todas las salidas, serán cegadas sólo las salidas a la finitud y a los caminos verdaderamente sin salida. No te atemorices de la soledad y abandono de tu mazmorra interior, que da la impresión de estar tan muerta como una tumba. Si resistes, si no huyes ante la desesperación, y en la desesperación dudas de esos ídolos tuyos a los que llamabas Dios, y no dudas a la vez del Dios verdadero; si resistes —y esto es ya un milagro de la gracia—, entonces descubrirás de repente que tu celda o tumba se cierra sólo a la vana finitud, que su vacío mortal es sólo la amplitud de una efusión de Dios, que el silencio está lleno con una palabra sin palabras, con aquel que está sobre todos los hombres, y es todo en todos. El silencio es su silencio. Te dice que está presente.

La segunda cosa que debes hacer en tu desesperación es la siguiente: caer en la cuenta de que Él está presente, saber por la fe que Él está junto a ti ; descubrir que Él te espera ya desde hace tiempo en el más profundo recinto de tu corazón atribulado, que ya desde hace tiempo Él aguarda calladamente a la escucha de si tú, en medio del atareado estrépito al que llamamos nuestra vida, le dejas tomar la palabra, una palabra que a los hombres que son como tú hasta ahora eras, les parece un silencio mortal. Tienes que sentir que no caes cuando cedes a la angustia que sientes por ti mismo y por tu vida; no caes cuando abandonas, no estás desesperado cuando desesperas de ti, de tu sabiduría y de tu fuerza, y de la falsa imagen de Dios que te será arrebatada. Como por un milagro, que cada día tiene que acontecer de nuevo, descubrirás que estás junto a Él. Vas a sentir de repente que tu alejamiento de Dios, en verdad, es sólo el desaparecer del mundo ante el amanecer de Dios en tu alma, que las tinieblas no son sino luminosidad sin sombra alguna, que tu impresión de carecer de salida es sólo la inconmensurabilidad de Dios y para llegar a Él no se necesita camino alguno, porque Él está presente. Caerás en la cuenta de que no debes procurar, por tus propias fuerzas, huir de tu corazón vacío, porque Él está presente y no hay ninguna razón para huir de esa bendita desesperación y llegar a un consuelo que no sería consuelo alguno, ni existiría de verdad. Él está presente. No pretendas retenerle. No huye. No pretendas cerciorarte y tocarle con las manos de tu corazón ansioso. Abrazarías el vacío, no porque Él sea lejano e irreal, sino porque es la infinitud misma, que no puede ser aprehendida. Él está presente en medio de tu corazón atribulado. Él solo. Él, que es todo y por eso aparece así, como si fuera nada. Entonces llega por sí misma la calma que es la más intensa actividad, el silencio que está lleno con la palabra de Dios, la confianza, que ya no teme, la seguridad que ya no necesita garantía alguna y la fuerza que es poderosa en la impotencia: la vida, en conclusión, que nace con la muerte. Entonces nada hay en nosotros sino Él, y la fe, casi imperceptible y que, sin embargo, todo lo llena, de que Él existe y está presente, y de que nosotros existimos.

Sin embargo, todavía queda una cosa por decir: esa lejanía de Dios no sería el amanecer de Dios en medio de corazones muertos y atribulados, si el Hijo del hombre, que es el Hijo del Padre, no la hubiera padecido y realizado precisamente en su corazón, con nosotros, para nosotros y ante nosotros. Pero ha sufrido y ha pasado por todo esto. Y todo ello ha acontecido en el jardín de cuyos frutos los hombres querían cosechar el bálsamo de la alegría, el cual, sin embargo, en realidad era el jardín del paraíso perdido. Yacía echado sobre su rostro; la muerte había penetrado en su corazón viviente, en el corazón del mundo. El cielo estaba cerrado y el mundo era como una enorme tumba; él solo dentro de ella, sepultado por la culpa y la falta de esperanza del mundo. El ángel, que parecía la muerte, le ofreció como refuerzo, al entrar en agonía, el cáliz de todas las amarguras. La tierra tragó alevosa e insaciable las gotas de sangre de su angustia mortal. Dios ensombreció todo como una noche que ya no promete día alguno. No se le podía distinguir de la muerte. En este inconmensurable silencio de muerte —los hombres duermen sordos por la tristeza—, en este silencio, único signo que había quedado de Dios, flotó de alguna manera la voz apagada del Hijo. Cada momento parecía que se ahogaba. Pero sucedió el gran milagro, la voz se mantuvo. El Hijo interpeló con esa voz imperceptible, como la de un muerto, al Dios temible: «Padre —dijo en su abandono—, hágase tu voluntad.» Y entregó con indecible ánimo su alma en las manos del Padre.

Desde entonces nuestra pobre alma está también en las manos de este Dios, de este Padre cuyo decreto de muerte se convirtió entonces en amor. Desde entonces, nuestra desesperación está salvada, el vacío de nuestro corazón ha llegado a ser plenitud, y la lejanía de Dios, patria. Si rezamos con el Hijo en la cansada oscuridad de nuestro corazón, repetimos la oración del huerto. No se levantará inmediatamente ninguna corriente de entusiasmo cuando sus palabras, de manera misteriosa, emerjan como nuestras en lo profundo de nuestro corazón. Pero su fuerza será suficiente. Alcanzará para cada día. Mientras a Dios le plazca. Y esto basta. Él sabe cuándo y dónde nuestro corazón estará bastante purificado —puede estarlo ya aquí sobre la tierra— para soportar la aparición cegadora de su felicidad, el pobre corazón que ahora, por la fe en Jesucristo, participa con Él de la noche, que para el creyente no es otra cosa que la cegadora oscuridad de la superabundante luz de Dios, la noche celestial, puesto que Dios sólo nacerá propiamente en nuestros corazones.

Todo esto no debe quedarse en un lirismo religioso de domingo. Se debe ejercitar en la carga y amargura diarias. Cuando comiences a obrar cotidianamente así, y a resistir y a beber voluntariamente el cáliz que contiene la pobreza, la necesidad y la lejanía de Dios, entonces comenzará para ti una cuaresma bendita. ¿Quieres intentarlo? Di al Dios de tu corazón: Dame tu gracia para conseguirlo.