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Lucas 1,39-45: ¡Dichosa tú, que has creído!


En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel. oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito:
-¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!.
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?
En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

REFLEXIÓN (de "El anuncio de Cristo en el Año Litúrgico - Ciclo C" por Alfred Lapple):

El Evangelio pinta el encuentro de ambas mujeres, Isabel y María, las cuales dos llevan un niño en el vientre. El encuentro de las madres queda pergeñado por el evangelista como encuentro prenatal de Juan el Bautista con Jesús. Isabel entra en escena como profetisa mesiánica (Lc 1,43) y entona para la cristiandad la gran alabanza mariana: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» (Lc 1,42).

Esbozo de la predicación:

Isabel se estrena como profetisa mesiánica que se expresa llena del carisma divino, siendo ella la primera sorprendida. Isabel se convierte en profetisa del secreto de la Madre, así como su Hijo, Juan el Bautista, se convierte en profeta del secreto del Hijo.

De la misma manera que posteriormente, al comienzo de su vida pública, Jesús ha de llegar hasta Juan a orillas del Jordán, así ahora él, ciertamente todavía invisible bajo el seno de su madre María, encuentra por vez primera a su colega Juan seis meses más viejo (Lc 1,26). El encuentro de ambas madres se reproducirá posteriormente en el encuentro de los dos hijos.

Isabel no solamente se encuentra bajo el efecto del carisma que prontamente viene sobre ella. Por él demuestra un intenso conocimiento pascual del secreto de María, a quien ella alaba como «madre de mi Señor» (Lc 1,43). Así, Isabel se convierte en la representante de la comunidad pascual, en donde resuena ya la alabanza de María. Aquí hay que localizar claramente los comienzos de la veneración mariana de la primitiva cristiandad.

María es alabada por Isabel como la creyente: «Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor» (Lc 1,45). María ha andado su camino con Cristo no como conocedora, sino como creyente (Lc 2,19. 33. 50. 51).

Quien no reflexiona sobre el difícil camino de la fe en María, no tendrá ninguna entrada en su secreto, ni en su gracia. María es «la madre de la fe», porque tampoco a ella se le ha ahorrado el camino de la ratificación de la fe y de la fidelidad a la misma.

María es, precisamente por su meditación creyente, la mediadora de la verdadera tradición de Cristo. No por pura casualidad Lucas, en los Hechos, la apellida expresamente dentro del cuadro de la comunidad pentecostal «María, la madre de Jesús» (He 1,14).