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La revista pornográfica

(De "Oraciones para rezar por la calle" por Michel Quoist) 

El cuerpo es materia, pero es obra de Dios. Y está ennoblecido por el espíritu.

Para el cristiano que guarda en su interior la vida divina,s u cuerpo es nada menos que templo del Espíritu Santo y miembro de Cristo. En esto está su dignidad y quien lo rebaja o lo ensucia insulta al mismo Dios.

¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno profana el templo de Dios, Dios lo destruirá. Porque el templo de Dios es santo y este templo sois vosotros (1 Cor 3,16-17).

Si alguno me ama... vendremos a él y en él nos aposentaremos (Jn 14,23).

Vosotros sois el cuerpo de Cristo y miembros los unos delos otros (1 Cor 12,27).

Voy a declararos un misterio... todos seremos transformados... Los muertos resucitarán incorruptibles (1 Cor 15,51-53).

Y el verbo se hizo carne (Jn 1,14).

Esta revista me abochorna, Señor,
en ella me parece que Tú eres profundamente herido en tu infinita pureza.

Los oficinistas han escotado para suscribirse,
el botones se ha dado un sofocón para ir a comprarla,

ha dado muchas vueltas hasta encontrarla,
y ya está aquí.
Sobre el papel brillante los cuerpos se ofrecen baratamente prostituidos.
Ahora van a pasar de mano en mano, de despacho en despacho,
acariciados con la mirada, suscitando sonrisas, excitando pasiones, desencadenando sentidos.
Cuerpos-cosas, sin alma,
juguetes para adultos de corazón podrido.

¡Y hay que ver, Señor, lo bello que es un cuerpo humano!
Desde el fondo de los siglos, Tú, artista incomparable, proyectabas el modelo, pensando que un día Tú desposarías este cuerpo humano al desposar nuestra naturaleza.
Mimosamente lo moldearon tus manos poderosas y le infundiste el alma en la materia inerte.

Desde entonces, Señor, Tú nos pediste que respetáramos la carne, pues toda ella es portadora de espíritu,
y gracias a este cuerpo generoso podemos hoy nosotros enlazar nuestras almas a las de nuestros prójimos.

Las palabras, en largos convoys de sílabas, encarrilan nuestra alma hacia la del vecino,
la sonrisa saca a flote nuestra alma al borde de los labios
y la mirada es como el balcón de nuestros cuerpos.
El apretón de manos da nuestra alma al amigo
y el lazo y la unión de los esposos funde dos almas para sacar a luz una tercera en una tercer cuerpo.

Pero a Ti, Señor, aún te pareció poco el hacer de nuestra carne el sacramento del espíritu.
Por tu Gracia el cuerpo del cristiano se convierte en sagrado y pasa a ser un templo de la Trinidad.
Todo Dios en toda nuestra alma
y toda nuestra alma en todo nuestro cuerpo.
¡Oh dignidad suprema de este cuerpo magnífico:
miembro de su Señor, portador de su Dios!

Mira ahora, Señor, mientras la noche cae,
el cuerpo de tus hombres dormidos:
el cuerpo puro del chiquitín,
el cuerpo manchado de la mujer de la vida,
el vigoroso cuerpo del atleta,
el cuerpo reventado del obrero de la fábrica,
el cuerpo relajado del esposo,
el sensual del mujeriego,
el cuerpo harto del rico,
el maltrecho del pobre,
el golpeado del chico del arroyo,
el cuerpo calenturiento del enfermo,
el dolorido del accidentado,
el cuerpo inmóvil del paralítico,
todos los cuerpos, de todas las edades y tamaños.

He aquí el cuerpo caliente del frágil bebé, despegado como un fruto maduro del cuerpo de la madre, el cuerpo del chiquillo que se cae, y se levanta chupando ya la roja sangre.
He aquí el hervidero del cuerpo del muchacho que apenas puede comprender lo hermoso de un cuerpo que crece.
He aquí el cuerpo de la joven esposa hecho don al esposo,
he aquí el cuerpo del hombre maduro, orgulloso de su fuerza,
he aquí el cuerpo del anciano que lentamente se apaga.

Yo te ofrezco, Señor, todos los cuerpos y te pido que los bendigas mientras viven callados envueltos en la noche.
Son tuyos, Señor, abandonados ante Ti con su alma adormecida.
Mañana, brutalmente sacudidos, deberán reemprender su servicio.
Haz que «sirvan», Señor, y no se hagan servir,
que sean casas abiertas y no cárceles,
templos vivos de Dios y no sepulcros.
Que sean respetados, que crezcan, y que los que los visten los purifiquen y los transfiguren
y que, fieles amigos, volvamos a encontrarlos al final de los tiempos, iluminados por la belleza de las almas.

Ante Ti, Señor, y ante tu Madre,
puesto que Ella y Tú sois de los nuestros,
puesto que todos los cuerpos de los hombres
son, también ellos, bienaventurados
y se les invitó a tu eterno cielo.