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Ayúdame a decir «Sí»

(De "Oraciones para rezar por la calle" por Michel Quoist)

Marcado por la alegría de la primera entrega, el cristiano no puede volverse atrás. Su sensibilidad, toda ella en ascuas, le ayudó a superar dificultades. Avanza arrastrado, empujado por «los otros» cuya exigencia se hace día a día más absorbente.

Y he ahí que Dios se manifiesta. Esta vez con claridad meridiana, ya no tras las apariencias de los demás. Pide ser recibido y no precisamente en un rincón. Exige todo el hombre y toda su obra.

El cristiano que reconoce al Señor, huye las más de las veces, pues sabe que si es atrapado, Dios le va a pedir una rendición total y sin condiciones. El Señor le irá acosando cada vez más hasta conseguir de él ese «sí» que divinizará su vida.

Solamente quien ha vivido esta «lucha» con Dios comprenderá esta oración en toda su profundidad. Etapa dolorosa que el educador, el amigo, debe comprender. Ha de obrar discretamente — no vaya a estorbar a Dios — ya que Él acaba de tomar en sus manos la formación de su hijo, pero presente para arropar al otro en la fe. Ayudándole a reconocer al Señor, traduciendo las llamadas de amor que Dios le irá susurrando a todo lo largo de la vida, aclarándole las citas de Dios, sus pasos, sus persecuciones, ayudando en todo al militante e invitándole a decir «sí».

Deberá hacerle ver que cuando sufre es él mismo quien se hace sufrir por resistir a Dios, ya que quien lucha con Dios siempre lleva las de perder. Dios es el más fuerte. Su Amor es más fuerte.

(El ángel Gabriel) entrando a ella, le dijo: «Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo». Ella se turbó al oír estas palabras y discurría qué podría significar aquel saludo.El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz a un hijo a quien pondrás por nombre Jesús... Él será grande y llamado Hijo del Altísimo... porque nada hay imposible para Dios». Dijo María: «He aquí a la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,28-38).

Me da miedo decir «sí».
¿Adonde me acabarás llevando?
Me da miedo sacar la paja más larga,
me da miedo firmar la hoja en blanco,
me da miedo decir un «sí» que traerá cola.

Y con todo no puedo vivir en paz,
Tú me sigues, me cercas por todos lados.
Y yo busco el ruido porque me da miedo oírte
pero Tú te deslizas en el menor silencio.
Yo cambio de camino cuando te veo venir
pero al fin de este nuevo sendero Tú me estás esperando.
¿Dónde me esconderé? En todas partes te encuentro:
¡No hay modo de escaparse de Ti!

Y yo tengo miedo de decir «sí», Señor.
Tengo miedo de darte la mano: te quedarías con ella.
Tengo miedo de cruzarme con tu mirada: eres un seductor.
Tengo miedo de tu exigencia: eres un Dios celoso.
Estoy acorralado, y trato de esconderme.
Estoy cautivo, pero me debato y lucho sabiéndome vencido.
Tú eres más fuerte, Señor, Tú posees el mundo y me lo quitas.
Cuando extiendo la mano para coger a una persona o una cosa,
todas se desvanecen delante de mis ojos.

Y no, no es agradable eso de no poder cogerse nada para uno:
si corto una flor se me marchita entre los dedos,
si lanzo una carcajada se me hiela en los labios,
si danzo un vals me quedo jadeante y nervioso.
Y todo me parece vacío,
todo se me hace hueco.
En torno a mí Tú has hecho el desierto.
Y tengo hambre
y sed
y el mundo no podría alimentarme.

¡Pero si yo te amaba, Señor! ¿Qué es, entonces, lo que yo te he hecho?
Yo trabajaba por Ti, yo me entregaba.
Oh gran Dios terrible, ¿qué más quieres?

Hijo mío, Yo quiero más de ti y del mundo.
Antes tú me dabas tu acción, y eso no me sirve para nada.
Tú me invitabas a bendecirla, me invitabas a sostenerla,
querías interesarme en tu trabajo.
Pero fíjate bien, al hacerlo, hijo mío, tú invertías el juego.
Yo antes veía tu buena voluntad, te seguía con los ojos,
pero ahora quiero más:
no se trata de que tú hagas tu acción,
sino la voluntad de tu Padre del Cielo.
Di «sí», hijo mío.
Necesito tu «sí» como necesité antaño el de María para venir al mundo,
porque soy Yo quien debe meterse en tu trabajo,
entrar en tu familia,
en tu barrio,
Yo, y no tú.
Porque es mi mirada la que penetra y no la tuya,
es mi palabra la que arrastra y no la tuya,
es mi vida la que transforma y no la tuya.
Dame todo, ponlo todo en mis manos.
Yo necesito tu «sí» para desposarme contigo y descender a la tierra,
necesito tu «sí» para seguir salvando al mundo.

Oh, Señor, tus exigencias me dan miedo, pero ¿quién puede resistirte?
Para que tu Reino llegue y no el mío,
para que se cumpla tu voluntad y no la mía,
ayúdame a decir «sí».