Mostrando las entradas con la etiqueta Textos espirituales de san Odilón. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Textos espirituales de san Odilón. Mostrar todas las entradas

Mirad, llegan días en que suscitaré a David un vástago legítimo

(Sermón de San Odilón de Cluny)

Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Si el Señor prometió a sus fieles estar con ellos todos los días, ¡cuánto más se nos ha de hacer presente el día de su nacimiento, si acentuamos el fervor de nuestro servicio!

El que dice por Salomón: Yo —la sabiduría— salí de la boca del Altísimo, la primogénita de la creación; y de nuevo: El Señor me estableció al principio de sus tareas al comienzo de sus obras antiquísimas En un tiempo remoto fui formada; y por Jeremías dice: Yo lleno el cielo y la tierra, es el mismo que, nacido por un admirable designio de la economía divina, es colocado en un pesebre. Aquel a quien Salomón nos muestra existiendo eternamente antes de los siglos, Jeremías afirma no estar ausente de ningún lugar.

No puede faltarnos el que existe desde siempre, y en todas partes está presente. La veracidad y autenticidad de los testimonios de los antiguos profetas sobre la eternidad de Cristo y sobre la inmensidad de su divina presencia, la pregona aquella sonora trompeta del mensajero celestial: Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre. Y el mismo Salvador a los judíos en el evangelio: Antes que naciera Abrahán existo yo. Pero comoquiera que poseía el ser antes de que existiera Abrahán o, mejor, antes de la creación, desde siempre y en unión con Dios Padre, quiso sin embargo nacer en el tiempo de la descendencia de Abrahán. De hecho, Dios Padre le dijo a Abrahán: Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia.

También el santo patriarca David mereció el insigne privilegio de una promesa semejante, cuando Dios Padre, instruyéndole en el secreto de su sabiduría, dijo: A uno de tu linaje pondré sobre tu trono. Y el profeta Isaías al considerar, bajo la acción del Espíritu Santo, la magnificencia de este nobilísimo vástago y la sublimidad y excelencia de su dulcísimo fruto, vaticinó así: Aquel día, el vástago del Señor será joya y gloria, fruto del país.

Estos dos padres que, con preferencia a otros, recibieron de modo muy explícito la promesa de la venida del Salvador, en la genealogía del Señor según san Mateó, merecieron justamente un primero y destacado lugar. El exordio del evangelio según san Mateo suena así: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Con estas palabras del evangelio están de acuerdo tanto los oráculos de los profetas como la predicación apostólica. Que el Mediador entre Dios y los hombres debía nacer, según la carne, del linaje de Abrahán, el profeta Isaías se preocupó por inculcarlo de manera tajante, cuando dijo en la persona de Dios Padre: Tú, Israel, siervo mío; Jacob, mi elegido; estirpe de Abrahán, mi amigo. Tú, a quien cogí.

Aquel que, liberado de las tinieblas de la ignorancia e iluminado con la luz de la fe, llamó, en el evangelio, Hijo de Dios al Hijo de David, mereció recibir no sólo la luz del espíritu, sino también la corporal. Cristo, el Señor, quiere ser llamado con este nombre, porque sabe que no se nos ha dado otro nombre que pueda salvar al mundo. Por lo cual, amadísimos hermanos, para merecer ser salvados por él que es el Salvador, digamos todos individualmente: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros! Amén.

Mira, yo envío mi mensajero delante de ti

(De los sermones de San Odilón, Abad)

Para repeler y ahuyentar las densísimas y negras tinieblas de la ignorancia y de la muerte, que el autor de las tinieblas había introducido en el mundo, tuvo que venir la luz que ilumina a todo el mundo. Ahora bien: era natural que a esta inefable y eterna luz le precediera un sinnúmero de antorchas temporales y humanas. Me estoy refiriendo a los patriarcas de la antigua alianza. Iluminados y adoctrinados con su virtud, su ejemplaridad y su enseñanza, los pueblos fieles —disipada la calígine de la inveterada ceguera— fueron capaces de conocer si no en su totalidad, sí al menos en parte, aquella gran luz que se avecinaba.

Fueron, pues, antorchas: pero antorchas sin luz propia ni recibida de otra fuente, sino derivada de aquella suprema luz que los iluminaba. Es decir, que fueron amantes de los preceptos celestiales: unos antes de la ley, otros bajo la ley y otros finalmente bajo los jueces, los reyes y los profetas; pregoneros de los misterios del nacimiento del Señor, de su pasión, resurrección y ascensión. Tras ellos, apareció fulgurante Juan, el Precursor del Señor, quien con meridiana claridad, expuso públicamente las predicciones de todos los patriarcas y los vaticinios de los profetas.

Este hombre santo no sólo fue justo, sino que nació de padres justos. Justo en la predicación, justo en toda su conducta, justo en el martirio. El arcángel Gabriel anunció su nacimiento, su justicia, su santidad y toda su intachable conducta; y la narración evangélica trazó ampliamente su retrato. No hay palabras de humana sabiduría capaces de expresar los dones de santidad y de gracia celestial de que el Precursor del Señor fue enriquecido; pero no debemos silenciar lo que de él y a él se le dijo.

¿Pero qué puede añadir a un hombre tan grande la palabra de un pobre hombre? ¿Qué podrá decir en su elogio la pequeñez humana, cuando habla de él nada menos que la suma e inefable Trinidad? Habla de él Dios Padre en un salmo, habla también en el evangelio. En el salmo: Enciendo una lámpara para mi ungido. De él escribe el santo evangelista: Él era la lámpara que ardía y brillaba. En el evangelio se le dice: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar.

Algunos testimonios que el Espíritu Santo enuncia a través de Isaías y Jeremías aludiendo primariamente a la persona del Salvador, pueden ser convenientemente atribuidos, según el magisterio celeste y el sentido católico, a la persona de su Precursor.

De él dio testimonio mucho más claramente el Espíritu Santo del que estuvo repleto desde el vientre materno: a la llegada de la Madre del Señor —como nos cuenta el evangelio—, saltó milagrosamente de alegría, no por instinto natural, sino al impulso de la gracia.

El mismo Señor Jesús, de quien Juan dio testimonio diciendo: Este es el cordero de Dios, éste es el que quita el pecado del mundo, durante su vida pública afirmó de él: No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; al decir que es el más grande de los nacidos de mujer, insinuó que estaba exento del vicio de ligereza y de amor a los placeres; afirmó que era un profeta y un super-profeta; y aquel a quien él, con el poder de su divinidad, adornó con tal cúmulo de privilegios en virtud y gracia, que superó los méritos de todos los mortales, es llamado por Dios mensajero y fue enviado delante de él a preparar los caminos de la salvación, tal como el Señor nos lo enseñó aduciendo un oráculo del profeta Malaquías.

El que por nosotros se hizo mortal, es confesado Rey y Señor

(De los sermones de San Odilón de Cluny)

Nace Cristo de una Virgen inmaculada, para que el maculado nacimiento humano se remontara a su origen espiritual. Quiso ser circuncidado según la ley para demostrar que él es el autor de la ley, y para que nosotros, circuncidados a ejemplo suyo en el gozo del Espíritu, es decir, instruidos en las cosas celestiales, fuéramos capaces de entrar en la construcción de la celeste edificación.

Luego, adorado por los magos, recibe la significativa ofrenda de los tres dones, para que quien por nosotros se había hecho mortal, fuera reconocido como Rey y Señor de los siglos. Quiso también ser presentado en el templo y aceptó que se ofrecieran por él una tórtola y una paloma, dándonos ejemplo, para que cuando nos acerquemos al altar, inmolemos víctimas de castidad, de inocencia y de las demás virtudes.

A los doce años se queda en el templo sin saberlo la Virgen Madre. Se le busca inmediatamente con rapidez y solicitud amorosa, y se le encuentra sentado en medio de los maestros, no enseñando, sino aprendiendo y escuchando. Y al preguntarle su madre por qué se quedó sin decírselo, le responde que está en la casa de su Padre. Estos episodios de la infancia de Jesús tienen el refrendo de la autoridad de la fe católica. Indudablemente, cuando Jesús es buscado por su madre, se le reconoce como verdadero hombre; y cuando asegura que es conveniente que él esté en la casa de su Padre, todo creyente le reconoce como verdadero y único Hijo de Dios. Sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas, nos indica que nadie debe arrogarse el ministerio de la predicación antes de llegar a la edad adulta.

Conviene también saber que el magisterio de la Iglesia no aprueba de la infancia de Jesús más que datos de los que el evangelio nos ha conservado. Sin embargo —y ahí está la fe de los creyentes para corroborarlo—, Jesús recorrió todo el abanico de las debilidades inherentes a la humanidad asumida, a excepción del pecado, si bien el Dios oculto en el hombre permaneció siempre impasible. Y aun cuando el Hijo de Dios no tenía ninguna necesidad de ser limpiado o purificado, sin embargo en un día concreto de su vida y en un determinado momento, esto es, a los treinta años de edad, recibió aquel singular y singularmente saludable misterio del bautismo. Y al recibirlo, lo santificó; y al santificarlo lo legó, como don celeste, a todos los fieles para que por su medio fueran santificados.

Pero si es cierto que concedió la posibilidad de bautizar a los ministros de la Iglesia, se reservó para sí —reivindicándola como prerrogativa singular— la potestad de bautizar. Tenemos la prueba en la voz divina que habló a san Juan, varón de gran mérito, cuando Jesús no dudó dirigirse a él para ser bautizado: Aquel sobre quien veas —dijo— bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Pues bien, el amigo del Esposo, es fiel y humilde Precursor, aquel de quien afirmó la Verdad no haber nacido de mujer otro más grande que él, aquel a quien la sagrada palabra del evangelio nos presenta bautizando y predicando el bautismo, dice: Yo os bautizo con agua, pero el que viene detrás, él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.