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¿Cómo se ha de rezar? ¿Cómo se ha de orar?

(De "Creo en Dios" por Mons. Tihamér Tóth)

1.º En nuestros días se ha extendido mucho la costumbre de aprender idiomas extranjeros. Se abren cursos a cada paso. Muchísimas personas aprenden idiomas extranjeros, porque es la condición básica de la comunicación mundial.

También la comunicación ultraterrena tiene su lengua oficial: la oración. Es verdad que Dios comprende todas las lenguas, pero no escucha más que una sola: la lengua de la oración. ¡Cuánto se sacrifican los hombres para aprender inglés, francés, italiano...! ¡Ojalá tuvieran tanto tiempo para ejercitarse en el lenguaje del más allá! Porque también éste se ha de aprender y se ha de practicar.

¿Aprender? ¿De quién? ¿Quién es el mejor maestro del lenguaje ultraterreno? No os maravilléis si os digo: el pordiosero y el niño.

¡El pordiosero! ¿Por qué rezamos? Porque somos pobres, y Dios, en cambio, es rico; porque somos débiles, y Dios, en cambio, es poderoso. Cuanto más considere el hombre lo pequeño y lo pobre es ante Dios, tanto mejor será su oración: tanto más humilde, tanto más ardorosa, tanto más perseverante.

Y ¿el niño? El niño sabe expresar sus sentimientos aun sin proferir palabra, con sólo el gesto, el movimiento, la sonrisa. El pequeñuelo habla mucho antes de saber ejercitar su lengua; habla con la mirada, con la sonrisa que dirige a su madre. Y ¡qué elocuente, qué emocionante es este hablar sin palabras... esta oración sin palabras! ¡Es el ocultarse en Dios del alma que ora!

El santo cura de Ars notó que uno de sus sencillos feligreses pasaba largas horas ante el Sagrario sin moverse. ¿Qué haces tú aquí?, le pregunta el párroco. Je le vise, il me vise: «Miro a Jesús, Jesús me mira a mí» ¡Qué palabras más sublimes, fervorosas y filiales! De manera que es posible rezar sin palabras, largamente, sin moverse, pero mirando con encendido amor al Santísimo Sacramento, al crucifijo...

2.º Para dar unos medios prácticos que ayuden a hacer bien la oración, juzgo oportuno mencionar brevemente estos tres pensamientos: A) Rezamos a Dios, que está sobre nosotros; B) Rezamos a Dios, que está entre nosotros, y C) Rezamos a Dios, que está dentro de nosotros.

A) ¡Rezamos a Dios que está sobre nosotros!

Es rasgo característico del habla humana el llamar «superiores» a las personas en las cuales se piensa con respeto. Superior significa que, en nuestro concepto, la persona de que se trata está sobre nosotros. El estudiante ve a su profesor en la altura de la cátedra; al juez, defensor de la ley, le respetamos contemplándole en la altura del tribunal; al monarca, en la altura del trono. Es muy lógico, pues, que al pensar en Dios, en la autoridad suprema, nuestros ojos busquen espontáneamente el cielo; aún más, que en la santa Misa el sacerdote celebrante extienda sus manos hacia el cielo. Lo hemos aprendido de Jesucristo, que también oró de esta manera en diferentes ocasiones.

Con este hecho, ¿rechazamos acaso nuestra creencia de que Dios está presente por doquier? De ningún modo. Solamente queremos ayudar a nuestra alma con esta actitud, a fin de que durante la oración pueda deshacerse de las preocupaciones terrenas y se levante sobre todos los seres creados, sobre los montes, los valles, los bosques, los mares, los millones de estrellas de la bóveda celeste, y, como arrancándose del mundo —en cuanto es posible durante esta vida mortal—, adore al Dios verdadero, que está sobre todo el universo.

He de levantar de las cosas terrenas mi alma para hacer oración, para encontrarnos con nuestro Padre celestial.

B) Además, rezamos a Dios, que está entre nosotros. ¿Dios entre nosotros? Pero acabamos de decir que está sobre nosotros, más arriba que todas las cosas creadas.

Es cierto. Pero no lo es menos que Dios está también en medio de nosotros. No ignoráis cómo empieza el Evangelio, según San Juan: «En el principio era el Verbo..., y el Verbo era Dios» (Jn 1,1). «Y el Verbo se hizo carne; y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Es decir, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, asumió cuerpo mortal y vivió en medio de nosotros, y cuando regresó a su Padre celestial, no nos abandonó, ni siquiera entonces, sino que se quedó en medio de nosotros, sobre nuestros altares, en el Santísimo Sacramento. «Por esto adoramos este gran Sacramento postrados en tierra, porque bien sabemos que en él está el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo»

C) Finalmente, rezamos a Dios, que está dentro de nosotros.

Si lo dijera un hombre, no lo creería. Pero he de creerlo si me lo dice Jesucristo. «El que me ame —dijo en cierta ocasión el Señor— guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada dentro de é1» (Jn 14,23). ¿No son bien claras estas palabras? Quien ama a Dios y cumple sus preceptos, tendrá a Dios morando en su alma. ¡Qué revelación más sublime! Tal hombre es templo vivo de Dios, es un tabernáculo viviente.

Puedo rezar, no sólo de palabra, sino también con obras. La oración más hermosa que le podemos tributar a Dios es precisamente una vida que se ajuste a todos sus preceptos. Al decir, pues, que oramos también con nuestra vida, no hago sino repetir las palabras de San Pablo: «Glorificad a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor 6,20). Hubo compositores que escogieron para sus obras títulos tan como éste: «Canciones sin palabras.» También la vida humana, conforme a la voluntad de Dios, viene a ser una canción y una oración sin palabras que glorifica a Dios.

¡Qué edificante viene a ser la piadosa costumbre que tienen muchos cristianos fervorosos de no pasar ninguna fiesta solemne sin confesarse y sin comulgar! Es el modo más profundo y hermoso de celebrar las fiestas: disponerlo todo de suerte que, si el polvo de la vida ha cubierto nuestra alma, y nuestra debilidad humana ha caído por la fuerza de la tentación, por lo menos pueda volver una y otra vez a nuestro interior el Dios misericordioso, lleno de perdón.

¡Recemos a Dios, que está dentro de nosotros!