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Ascensión: misterio realizado

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II del 12 de abril de 1989)

Ya los “anuncios” de la Ascensión, que hemos examinado en la catequesis anterior, iluminan enormemente la verdad expresada por los más antiguos símbolos de la fe con las concisas palabras “subió al cielo”. Ya hemos señalado que se trata de un “misterio”, que es objeto de fe. Forma parte del misterio mismo de la Encarnación y es el cumplimiento último de la misión mesiánica del Hijo de Dios, que ha venido a la tierra para llevar a cabo nuestra redención.

Sin embargo, se trata también de un “hecho” que podemos conocer a través de los elementos biográficos e históricos de Jesús, que nos refieren los Evangelios.

Acudamos a los textos de Lucas. Primeramente al que concluye su Evangelio: “Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo” (Lc 24, 50-51): lo cual significa que los Apóstoles tuvieron la sensación de “movimiento” de toda la figura de Jesús, y de una acción de “separación” de la tierra. El hecho de que Jesús bendiga en aquel momento a los Apóstoles, indica el sentido salvífico de su partida, en la que, como en toda su misión redentora, está contenida y se da al mundo toda clase de bienes espirituales.

Deteniéndonos en este texto de Lucas, prescindiendo de los demás, se deduciría que Jesús subió al cielo el mismo día de la resurrección, como conclusión de su aparición a los Apóstoles. Pero si se lee bien toda la página, se advierte que el Evangelista quiere sintetizar los acontecimientos finales de la vida de Cristo, del que le urgía descubrir la misión salvífica, concluida con su glorificación. Otros detalles de esos hechos conclusivos los referirá en otro libro que es como el complemento de su Evangelio, el Libro de los Hechos de los Apóstoles, que reanuda la narración contenida en el Evangelio, para proseguir la historia de los orígenes de la Iglesia.

En efecto, leemos al comienzo de los Hechos un texto de Lucas que presenta las apariciones y la Ascensión de manera más detallada: “A estos mismos (es decir, a los Apóstoles), después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al reino de Dios” (Hch 1, 3). Por tanto, el texto nos ofrece una indicación sobre la fecha de la Ascensión: cuarenta días después de la Resurrección. Un poco más tarde veremos que también nos da información sobre el lugar.

Respecto al problema del tiempo, no se ve por qué razón podría negarse que Jesús se haya aparecido a los suyos en repetidas ocasiones durante cuarenta días, como afirman los Hechos. El simbolismo bíblico del número cuarenta, que sirve para indicar una duración plenamente suficiente para alcanzar el fin deseado, es aceptado por Jesús, que ya se había retirado durante cuarenta días al desierto antes de comenzar su ministerio, y ahora durante cuarenta días aparece sobre la tierra antes de subir definitivamente al cielo. Sin duda el tiempo de Jesús resucitado pertenece a un orden de medida distinto del nuestro. El Resucitado está ya en el Ahora eterno, que no conoce sucesiones ni variaciones. Pero, en cuanto que actúa todavía en el mundo, instruye a los Apóstoles, pone en marcha la Iglesia, el Ahora trascendente se introduce en el tiempo del mundo humano, adaptándose una vez más por amor. Así, el misterio de la relación eternidad-tiempo se condensa en la permanencia de Cristo resucitado en la tierra. Sin embargo, el misterio no anula su presencia en el tiempo y en el espacio; antes bien ennoblece y eleva al nivel de los valores eternos lo que El hace, dice, toca, instituye, dispone: en una palabra, la Iglesia. Por esto de nuevo decimos: Creo, pero sin evadir la realidad de la que Lucas nos ha hablado.

Ciertamente, cuando Cristo subió al cielo, esta coexistencia e intersección entre el Ahora eterno y el tiempo terreno se disuelve, y queda el tiempo de la Iglesia peregrina en la historia. La presencia de Cristo es ahora invisible y “supratemporal”, como la acción del Espíritu Santo, que actúa en los corazones.

Según los Hechos de los Apóstoles, Jesús “fue llevado al cielo” (Hch 1, 2) en el monte de los Olivos (Hch 1, 12): efectivamente, desde allí los Apóstoles volvieron a Jerusalén después de la Ascensión. Pero antes que esto sucediese, Jesús les dio las últimas instrucciones: por ejemplo, “les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que aguardasen la promesa del Padre”: (Hch 1, 4). Esta promesa del Padre consistía en la venida del Espíritu Santo: “Seréis bautizados en el Espíritu Santo” (Hch 1, 5), “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos...” (Hch 1, 8). Y fue entonces cuando “dicho esto, fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos” (Hch 1, 9).

El monte de los Olivos, que ya había sido el lugar de la agonía de Jesús en Getsemaní, es por tanto el último punto de contacto entre el Resucitado y el pequeño grupo de sus discípulos en el momento de la Ascensión. Esto sucede después de que Jesús ha repetido el anuncio del envío del Espíritu, por cuya acción aquel pequeño grupo se transformará en la Iglesia y será guiado por los caminos de la historia. La Ascensión es, por tanto, el acontecimiento conclusivo de la vida y de la misión terrena de Cristo: Pentecostés será el primer día de la vida y de la historia “de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24). Este es el sentido fundamental del hecho de la Ascensión, más allá de las circunstancias particulares en las que ha acontecido y el cuadro de los simbolismos bíblicos en los que puede ser considerado.

Según Lucas, Jesús “fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos” (Hch 1, 9). En este texto hay que considerar dos momentos esenciales: “fue levantado” (la elevación-exaltación) y “una nube le ocultó” (entrada en el claroscuro del misterio).

“Fue levantado”: con esta expresión, que responde a la experiencia sensible y espiritual de los Apóstoles, se alude a un movimiento ascensional, a un paso de la tierra al cielo, sobre todo como signo de otro “paso”: Cristo pasa al estado de glorificación en Dios. El primer significado de la Ascensión es precisamente éste: revelar que el Resucitado ha entrado en la intimidad celestial de Dios. Lo prueba “la nube”, signo bíblico de la presencia divina. Cristo desaparece de los ojos de sus discípulos, entrando en la esfera trascendente de Dios invisible.

También esta última consideración confirma el significado del misterio que es la Ascensión de Jesucristo al cielo. El Hijo que “salió del Padre y vino al mundo, ahora deja el mundo y va al Padre”. En este “retorno” al Padre halla su concreción la elevación “a la derecha del Padre”, verdad mesiánica ya anunciada en el Antiguo Testamento. Por tanto, cuando el Evangelista Marcos nos dice que “el Señor Jesús... fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19), en sus palabras evoca el “oráculo del Señor” enunciado en el Salmo: “Oráculo de Yavé a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que yo haga de tus enemigos el estrado de tus pies” (Sal 109/110, 1). “Sentarse a la derecha de Dios” significa co-participar en su poder real y en su dignidad divina.

Lo había predicho Jesús: “Veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo”, como leemos en el Evangelio de Marcos (Mc 14, 62). Lucas, a su vez, escribe (Lc 22, 69): “El Hijo de Dios estará sentado a la diestra del poder de Dios”. Del mismo modo el primer mártir de Jerusalén, el diácono Esteban, verá a Cristo en el momento de su muerte: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios” (Hch 7, 56). El concepto, pues, se había enraizado y difundido en las primeras comunidades cristianas, como expresión de la realeza que Jesús habla conseguido con la Ascensión al cielo.

También el Apóstol Pablo, escribiendo a los Romanos, expresa la misma verdad sobre Jesucristo, “el que murió; más aún, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios y que intercede por nosotros” (Rm 8, 34). En la Carta a los Colosenses escribe: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios” (Col 3, 1). En la Carta a los Hebreos leemos (Hb 1, 3; 8, 1): “Tenemos un Sumo Sacerdote tal, que se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos”. Y de nuevo (Hb 10, 12 y Hb 12, 2): “...soportó la cruz, sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios”.

A su vez, Pedro proclama que Cristo “habiendo ido al cielo está a la diestra de Dios y le están sometidos los Ángeles, las Dominaciones y las Potestades” (1 P 3, 22).

El mismo Apóstol Pedro, tomando la palabra en el primer discurso después de Pentecostés, dirá de Cristo que, “exaltado por la diestra Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hch 2, 33, cf. también Hch 5, 31). Aquí se inserta en la verdad de la Ascensión y de la realeza de Cristo un elemento nuevo, referido al Espíritu Santo.

Reflexionemos sobre ello un momento. En el Símbolo de los Apóstoles, la Ascensión al cielo se asocia a la elevación del Mesías al reino del Padre: “Subió al cielo, está sentado a la derecha del Padre”. Esto significa la inauguración del reino del Mesías, en el que encuentra cumplimiento la visión profética del Libro de Daniel sobre el hijo del hombre: “A él se le dio imperio, honor y reinó, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino nunca será destruido jamás” (Dn 7, 13-14).

El discurso de Pentecostés, que tuvo Pedro, nos hace saber que a los ojos de los Apóstoles, en el contexto del Nuevo Testamento, esa elevación de Cristo a la derecha del Padre está ligada sobre todo con la venida del Espíritu Santo. Las palabras de Pedro testimonian la convicción de los Apóstoles de que sólo con la Ascensión Jesús “ha recibido el Espíritu Santo del Padre” para derramarlo como lo había prometido.

El discurso de Pedro testimonia también que, con la venida del Espíritu Santo, en la conciencia de los Apóstoles maduró definitivamente la visión de ese reino que Cristo había anunciado desde el principio y del que había hablado también tras la resurrección. Hasta entonces los oyentes le habían interrogado sobre la restauración del reino de Israel, tan enraizada en su interpretación temporal de la misiona mesiánica. Sólo después de haber reconocido “la potencia” del Espíritu de verdad, “se convirtieron en testigos” de Cristo y de ese reino mesiánico, que se actuó de modo definitivo, cuando Cristo glorificado “se sentó a la derecha del Padre”. En la economía salvífica de Dios hay, por tanto, una estrecha relación entre la elevación de Cristo y la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Desde ese momento los Apóstoles se convierten en testigos del reino que no tendrá fin. En esta perspectiva adquieren también pleno significado las palabras que oyeron después de la Ascensión de Cristo: “Este Jesús que os ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo”. (Hch 1, 11). Anuncio de una plenitud final y definitiva que se tendrá cuando, en la potencia del Espíritu de Cristo, todo el designio divino alcance su cumplimiento en la historia.