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Dios que ha de venir

(De "Oraciones de vida" por Karl Rahner)

Nos has prometido que vendrías y viniste. Pero ¿cómo viniste y qué hiciste? Tomaste una vida humana y la hiciste vida tuya, en todo igual a nosotros: naciste de mujer, padeciste bajo Poncio Pilato, fuiste crucificado, muerto y sepultado. Tú has alcanzado aquello de lo que huimos.

Comenzaste lo que según nuestra opinión debería terminar mediante tu venida: nuestra vida, la cual es impotencia, finitud en lo íntimo, y muerte. Precisamente tomaste este ser de hombre no para transformarlo, no para suavizarlo ni clarificarlo y divinizarlo visible o palpablemente, o al menos llenarlo de bienes hasta estallar, bienes que los hombres, en sustitución de lo eterno, apenas frugal y fatigosamente pudieran arrebatar del reducido y pedregoso barbecho de su temporalidad.

Hiciste nuestra vida, vida tuya, tal como nuestra vida es. La dejaste correr tal como la nuestra corre sobre esta tierra. La comenzaste con cuidados para que ni una gota de su tormento y de su gravosa estrechez se perdiera antes de que lo hubieras sufrido todo.

También sobre tu vida rodó la cruel y espantosa aplanadora de la naturaleza ciega y de la evidente maldad humana. Y cuando tu vida humana levantaba la vista a aquel que en la verdad más clara y amor más quintaesenciado llamabas Padre, entonces veías tal como nosotros, hacia arriba, al Dios de caminos inescrutables y juicios incomprensibles, el cual tiende o deja pasar el cáliz según su deseo.

Y por toda la eternidad ningún «por qué» conduce al fondo de este deseo, que pudo haber sido otro y, sin embargo, quiso aquello que es incomprensible para nosotros. Tú debías venir para librarnos de nosotros mismos, y Tú, otra vez Tú, único libre e ilimitado, te «hiciste como nosotros». Y aunque sé que seguías siendo el que eras —¿no te estremeces ante nuestra mortalidad, Tú, inmortal; ante nuestra estrechez, Tú, inmenso; ante nuestra apariencia, Tú, verdad suma? ¿No te crucificaste a ti mismo en la criatura cuando recibías como vida propia, completamente cerca y completamente como propia, lo que antes solamente habías extendido en distancias eternas como el oscuro, anonadado fondo para tu luz inaccesible? ¿No es la cruz del Gólgota la figura visible de la cruz que fue preparada por ti mismo a través de los espacios eternos?

¿Es ésta tu venida? ¿Para esto convirtieron los hombres la historia inconmensurable en un único coro de adviento (en él, hasta el blasfemo te reclama), en un único grito por ti y por tu venida? ¿Ha desaparecido nuestra desdicha porque también Tú lloraste? La entrega a nuestra finitud ¿ya no es acaso la más espantosa forma de nuestra desesperación, precisamente por eso, porque Tú has pronunciado la palabra de la entrega en tu encarnación humana, y juntamente la has dicho con nosotros? Nuestro camino, que no quiere acabar, ¿tiene un fin dichoso porque viajas con nosotros? Pero ¿cómo y por qué puede ser así? ¿Cómo puede nuestra vida, por convertirse en tuya, ser la salvación de nuestra vida? ¿Cómo puedes Tú quedar precisamente bajo la ley y mediante esto redimirnos de la ley? (Gal 4, 5).

¿Es mi entrega a mi vida el comienzo de la liberación de su gravosa estrechez porque esta entrega se convirtió en el amén de tu vida humana, en el sí a tu venida cuya realización es contra todo lo que yo esperaba? Pero ¿de qué me sirve que ahora mi destino sea participación del tuyo si te has limitado a convertir el mío en el tuyo? ¿O convertiste mi vida en el solo comienzo de tu venida, en el solo comienzo de tu vida?

Vuelvo a entender poco a poco lo que he sabido siempre. Tú siempre estás viviendo y tu aparición en forma de siervo es el comienzo de tu venida para la liberación de la esclavitud que Tú aceptaste. Los caminos por los que Tú caminas tienen un fin. Estrecheces en las que Tú penetras se ensanchan. La cruz que Tú soportas se vuelve signo de la victoria. Propiamente no has venido. Todavía estás llegando: desde tu encarnación hasta la plenitud de este tiempo solamente hay un momento —y aunque miles de años corren a través de él para que, bendecidos por ti, se conviertan en partecita de ese momento—, aquel momento del hecho único que, en tu vida humana y su destino, nos une a todos nosotros juntamente con nuestros destinos y nos lleva al hogar de las eternas grandezas de la vida de Dios.

Porque has dado comienzo a este último hecho de tu creación, por eso en última instancia nada nuevo puede acontecer en este tiempo, sino que todos los tiempos están ahora inmóviles en el último fondo de las cosas; «el fin de los siglos ha irrumpido sobre nosotros» (1 Cor 10, 11). En este mundo existe un solo tiempo: tu adviento. Y cuando este último tiempo llegue a su término ya no existirá el tiempo, sino Tú en tu eternidad.

Si las obras son las que maduran, y no es el tiempo el que hace durar las cosas y las realidades; si una nueva realidad hace surgir una nueva época, con tu encarnación ha despuntado una nueva y última época. Pues ¿qué podía ya venir que este tiempo no lleve en su seno? ¿Que nosotros lleguemos a ser partícipes de ti? Sí, pero esto ha tenido lugar ya, porque Tú te dignaste participar de nuestra naturaleza. Se dice que Tú vendrás de nuevo. Es cierto. Pero propiamente no se trata de «volver de nuevo», pues Tú nunca nos abandonaste en tu naturaleza humana, que escogiste como tuya eternamente. Se trata sólo de que se manifieste con mayor claridad cada vez que Tú vienes realmente, que el corazón de todas las cosas se ha transformado ahora, porque Tú las has tomado en tu corazón.

Debes, pues, venir más y más, debe manifestarse con claridad lo que ha sucedido en el fondo de todos los seres, debe deshacerse en el interior de cada uno toda falsa ilusión, como si la finitud no hubiera quedado libre, ya que Tú la has tomado para ti, infundiéndole la vida. Mira, Tú vienes. Esto no es el pasado ni el futuro, sino el presente que se va llenando a sí mismo. Siempre está presente la hora de tu venida, y si alguna vez llega a su término nos habremos dado cuenta, aun nosotros, de que Tú realmente has venido. Haz que yo viva en esta hora de tu venida para que yo viva en ti, ¡oh, Dios que has de venir! Amén.