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Marcos 16,15-20: Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación


En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once, y les dijo:
-Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado.
A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.
El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios.

Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.

REFLEXIÓN (de "Meditaciones - Vida, muerte y Resurrección de Jesucristo" por Fernando Basabe, S.J):

Dichas estas palabras, el Señor se eleva de la tierra y se encamina hacía el Cielo, que simboliza la morada de Dios. Y la última acción que realiza el Señor en la tierra es la de levantar sus manos y bendecir a sus discípulos: Bendición del Señor que perdura sobre toda su Iglesia hasta el fin de los tiempos.

El Señor entra ya definitivamente en la gloria del Padre y recibe su propia gloria, la que le corresponde como Hijo de Dios y que comparte toda su humanidad. Y desde esa plenitud de gloria, sentado a la diestra del Padre, imagen que simboliza toda su grandeza y soberanía, iguales a las del Padre, continúa su misión de Redentor de los hombres. De manera invisible, pero muy real, continúa el Señor su presencia entre los hombres: Dirige a su Iglesia, actúa en el corazón de cada hombre, y permanece en súplica constante al Padre por todos nosotros.

"Jesucristo está a la diestra de Dios, e intercede por nosotros" (Rom 8,34). Y debemos profundizar en el misterio de la eucaristía, que es donde el Señor manifiesta su presencia más profunda y continua. En cada Eucaristía que celebramos, el Señor, verdaderamente presente en cuerpo, alma y divinidad, renueva su santo sacrificio de la cruz, para derramar sobre su Iglesia y sobre todos los hombres los frutos de su Redención.

La Ascensión del Señor pone fin a toda su actividad visible en esta tierra. El ha cumplido "la obra que el Padre le había encargado" (Jn 4,34), y alcanza la meta de su destino definitivo. Y, como el Señor nos ha enseñado en tantas oportunidades, ese destino lo ha transformado él en destino universal de todos los hombres. Gracias a la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, todos los hombres están llamados a gozar para siempre de la vida eterna. Esta es la única meta y destino de todos los hombres.

La Ascensión del Señor debería ser objeto continuo de nuestras meditaciones. Asimilar todo el sentido que tiene para nosotros la Ascensión del Señor, necesariamente engendra en nuestros corazones una esperanza, profundamente alegre, en medio de todas las vicisitudes de la vida, y cada vez nos va desprendiendo más de todos los bienes perecederos de esta tierra.

Hagamos nuestra la oración de San Pablo: "Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os de espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál es la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el Cielo." (Efesios 1,17-20).