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Cuaresma, primavera del espíritu

(De la Audiencia General del Papa Pablo VI del 8 de febrero de 1978)

La Iglesia ha dado siempre una importancia normativa a la sucesión del tiempo durante el ciclo cronológico anual, y en él encuadra con gran rigor su pedagogía espiritual o ascética.

La Cuaresma es un período especial, período fuerte, que este año comienza felizmente con la celebración litúrgica de hoy.

Debemos ser conscientes de esta disciplina tradicional de la Iglesia que confiere al calendario una autoridad particular y que da un sentido espiritual al tiempo que pasa.

Un fiel no puede ser indiferente a la sucesión solar y estacional de los días como si fueran todos iguales y no exigieran ser vividos de manera determinada. Sabemos lo importante que es la distribución semanal de los días —que también en el calendario civil tiene una ley propia que declara festivo el primer día de la semana— y que impone al cristiano una observancia religiosa determinada, es decir, la participación en la sinaxis, en la asamblea comunitaria litúrgica que celebra la Palabra sagrada y el Sacrificio eucarístico.

El reciente Concilio ha confirmado esta norma, "el domingo es la fiesta primordial que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo" (Sacrosanctum Concilium, 106). Lo sabemos y haremos bien en considerar siempre esta norma como primordial en nuestras costumbres religiosas y sociales; norma que nos lleva también a dar un relieve extraordinario al período precedente y preparatorio de la Pascua, esto es, a la Cuaresma.

La Cuaresma es un período de preparación sacramental.

En primer lugar, al sacramento del bautismo de los neófitos. Para los cristianos bautizados, la Cuaresma será no sólo un simple recuerdo del primer y gran sacramento purificador y generador recibido ya, sino que será una renovación sicológica y moral operada por el mismo bautismo, que con la aceptación de la fe, como por principio lógico y místico, comporta un estilo de vida conforme a ella, según la clásica palabra de San Pablo: el hombre "justo vive de la fe" (Rom 1, 17); labor ésta siempre en vías de desarrollo y ejercicio.

En segundo lugar, la Cuaresma está ordenada a la reconciliación de los penitentes. Toda la doctrina sobre el pecado cometido después del bautismo, tiene aquí su escuela y tiene, además, una propia e inefable conclusión que se concentra en la paz de la conciencia restituida por la amistad con Dios mediante el sacramento de la penitencia.

La preparación cuaresmal se corona así con la predisposición pascual, cuando el Sacrificio eucarístico admitirá al fiel a la comunión con el mismo Cristo, "nuestra Pascua... inmolada" por nosotros (1 Cor 5, 7).

En torno a estos sacramentos la vida del fiel se ejercita y se transforma.

La vida se caracteriza por una acentuación de la religiosidad, de la ascética y de la caridad. La escucha de la Palabra divina se hace más atenta y más asidua, y si hoy las multitudes cristianas ya no van a las predicaciones cuaresmales sistemáticas, todo cristiano reflexivo deberá encontrar el tiempo y la manera de asistir al menos a una preparación pascual predicada para algún grupo determinado, dado que esta forma de predicación, afortunadamente, se ha difundido tanto y es de fácil acceso.

Así, la lámpara de la oración, casi instintivamente, o mejor, por misterioso encuentro con el Espíritu que se ha hecho presente en el alma, se enciende de nuevo y confiere a la atmósfera cuaresmal una luz propia que tiene sabor de llanto y de gozo.

Y de la obligación del ayuno y de la abstinencia cuaresmal ¿qué queda?; ¿ya no queda nada de un tiempo que comprometía tanto, tan severo y casi tan... ritualista? Aparta de los dos días que exige todavía a los que pueden (es decir, el Miércoles de Ceniza, que es hoy, y luego el Viernes Santo, "el día grande y amargo"), la obligación de años pasados ha sido levantada por la Iglesia, sensible a las cambiantes y exigentes condiciones de las costumbres modernas; pero para los espíritus fuertes y fieles lo que permanece es tanto más digno de nuestra atención, y se resume en dos palabras suplementarias del antiguo ayuno: austeridad personal en la comida, en la diversión, en el trabajo... y caridad con el prójimo, con quien sufre, con quien tiene necesidad de ayuda, con quien espera nuestro socorro o nuestro perdón.

¡Todo esto permanece, como permanece también la obligación de la abstinencia todos los viernes de cuaresma! Más aún, este programa vario, espontáneo y no siempre fácil exige nuestra opción, nuestro esfuerzo (sacrificio lo llaman los niños), nuestra austeridad.

Sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana.

¡Sea la austeridad, contra la molicie, hoy tan de moda, el ejercicio sin ostentación, pero sincero y corroborante de nuestra penitencia cristiana!

Con nuestra bendición apostólica.