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La huida del pecado

(De "El santo abandono" por Dom Vital Lehodey)

«La vida del hombre sobre la tierra es un combate». Día y noche los enemigos de dentro y de fuera nos acechan con intento de robarnos el tesoro de nuestras virtudes, y aun la vida de la gracia y de la gloria. Es preciso vigilar, orar, luchar sin tregua, rechazar de continuo los asaltos del infierno, descubrir sus artificios, tener a raya nuestras malas inclinaciones y nuestras pasiones desarregladas, que están en inteligencia con él; y si ha conseguido penetrar en nuestras filas por el pecado, arrojarlo por la penitencia, reparar las consecuencias de nuestra falta, prevenir una nueva ofensiva, preparar la final victoria mediante la vigilancia y ánimo siempre alerta, y puesto que somos la debilidad misma, hemos de llamar en nuestra ayuda a la omnipotencia de Dios.

La lucha es de absoluta necesidad y no debe terminar sino con la vida. El día que cesemos de combatir, el pecado nos invadirá como un implacable enemigo, y se precipitará sobre un país que ha cesado de oponerle una resistencia victoriosa. Además, téngase en cuenta lo que cuesta despegarse de todo y establecerse sólidamente en la pureza del corazón y en la paz del alma, por lo que, una vez adquirida, es preciso conservarla a todo trance.

«Nuestro Señor no cesa de exhortar, prometer, amenazar, defender, mandar e inspirar, a fin de apartar nuestra voluntad del pecado, en cuanto esto puede hacerse sin quitarnos la libertad». La voluntad divina nos ha sido significada mil veces y bajo todas las formas, y ante una voluntad divina tan claramente conocida en cosas de tan capital importancia, la indiferencia sería criminal. Preciso es, pues, resolverse a luchar sin tregua ni descanso y entrar en combate, sin esperar otra cosa que la gracia prometida a la oración y a la fidelidad.

Sin duda, Dios pudiera venir en nuestra ayuda por una de esas intervenciones poderosas que rinden al alma y la cambian con pasmosa prontitud; y así es como Magdalena, la pecadora escandalosa, se transforma en un momento y llega a ser maravillosamente pura; así es como Pedro, después de su triple negación, tropieza con la mirada de Jesús y comienza a derramar lágrimas que jamás han de cesar; como el buen ladrón, hasta entonces malhechor y blasfemo, realiza en el postrer momento una entera conversión y recibe de boca del Salvador la más consoladora seguridad; de esta manera es como los Apóstoles, antes tímidos e imperfectos, son confirmados en gracia y colmados de un valor intrépido el día de Pentecostés; como Saulo, el ardiente perseguidor, cae postrado en el camino de Damasco y pronto quedará convertido en un Apóstol no menos ardoroso.

Dios pudiera sin dificultad hacernos pasar en un instante del pecado o de la tibieza a las más santas disposiciones, ya que en su poder están todas estas maravillosas transformaciones, mas, como advierte San Francisco de Sales, «son tan extraordinarias en la gracia, como la resurrección de los cuerpos en la naturaleza; de suerte, que no hemos de pretenderlas».

De igual manera, Dios pudiera calmar a las almas a quienes ve en la turbación o en otras disposiciones penosas, y hacerlo con una sola palabra suya, y establecerlas súbitamente en el estado en que El las quiere. Hácelo algunas veces, pero no es éste su método habitual. Prefiere que la «purgación y curación ordinaria, sea de los cuerpos, sea de los espíritus, no se haga sino poco a poco, progresivamente, paso a paso y entre dificultades y gustos».

Dios juzga más glorioso para nosotros y para El no salvarnos sin nosotros, o que nuestra perdición dependa de nosotros. Si nos preservase, si nos convirtiese, si nos transformase casi sin trabajo de nuestra parte, ¿dónde estaría nuestro mérito? Por el contrario, dejándonos más tiempo a nuestra propia determinación, exige de nosotros mayores esfuerzos, pero nos ofrece con el honor y mérito una fuente de incesantes progresos por la vigilancia, la oración, el combate, la penitencia, la humildad, la mortificación cristiana.

Habiéndonos creado libres, nos gobierna libremente, juzgando preferible sacar bien del mal, a costa de nuestra libertad. Quiere, pues, que luchemos contra nuestras malas inclinaciones, nuestras pasiones desarregladas y los enemigos de fuera. El, que nos ha trazado el camino, nos ofrecerá su gracia, nos recompensará según nuestras obras; pero nos deja obrar.

Preciso es armarnos de valor para la lucha, adorando a la divina Providencia en esta santa disposición, «en la que brillan su sabiduría en regir las criaturas libres, su liberalidad en recompensar a los buenos, su paciencia en soportar a los malos, su poder para convertirlos, o por lo menos, para llamarlos al orden por la justicia, y en fin, el bien de su gloria que El halla en todas las cosas y es la que únicamente busca en todas ellas». Pero obedezcamos al mismo tiempo a su voluntad significada, que nos ordena aborrecer el pecado, evitarlo mediante la vigilancia, la oración y el combate o repararlo por la penitencia.