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Juan 3,16-18: El amor manifestado en la Santísima Trinidad


En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:
-Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

REFLEXIÓN:

El texto del pasaje citado está enmarcado en el diálogo de Jesús con Nicodemo, cuando éste último fue a visitarle a escondidas buscando calmar su sed del conocimiento de Dios.

Las palabras de Jesús expresan la esencia del amor de Dios por el mundo, y que puede proporcionarnos una pista para comprender este sentimiento con el que podemos identificar a Dios.

La finitud de la mente humana limita el alcance de nuestro entendimiento acerca de la naturaleza y grandeza de Dios. Pretender encerrar a Dios en una definición o concepto en el lenguaje humano es imposible, no importa cuán profunda, teológica y filosófica ésta pueda ser; ya que con toda certeza lo que asumamos sería insuficiente y limitado: Dios es infinitamente más que lo que podamos expresar e imaginar de él.

Sin embargo, en ese sentido a Dios lo podemos apreciar tanto por la creación como por el amor que nos infunde; por eso nos dice Juan: "El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor" (1 Juan 4,8).

Ese gran amor de Dios a nosotros, centro de todo lo creado por él, tiene una manifestación trinitaria.

En la plenitud de los tiempos, tras nuestras repetidas infidelidades, en un acontecimiento que había sido anunciado previamente por los profetas, nuestro Padre Dios en su intenso amor por la humanidad fue capaz de enviar a su Hijo y ponerlo a merced de la maldad nuestra, como propiciación para el perdón de los pecados del mundo.

Por su parte el Hijo, Dios encarnado, también por amor "se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres" (Filipenses 2,7), llegando al extremo de pagar con su sangre por nuestras faltas, asumiendo una muerte infame, muerte en la cruz por los pecados que él no cometió.

Como expresión del amor misericordioso, el Padre no mandó a su Hijo a castigarnos como merecíamos, sino todo lo opuesto a lo que podíamos esperar: lo envió a salvarnos.

Luego de cumplida esa misión, antes del retornar al Padre, para enfatizar el caracter universal de la salvación, el Hijo instituye el Bautismo cristiano instruyendo a sus discípulos: "Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mateo 28,19).

Mediante esa amorosa donación de Dios, Jesús se ha convertido en fuente de vida y camino de salvación para todos aquellos que crean en él y se conviertan, arrepintiéndose de sus pecados.

En tanto que ese mismo amor trinitario es también transmitido en abundancia por el Espíritu Santo mediante el Bautismo a los creyentes: "el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Romanos 5,5). Es ese el Espíritu que actúa animando y capacitando a todos los que componemos la Iglesia fundada por Cristo, y que inspiró a san Gregorio Nacianceno a proclamar en el siglo IV la siguiente oración trinitaria:

Gloria a Dios Padre y al Hijo,
Rey del universo.
Gloria al Espíritu,
digno de alabanza y santísimo.

La Trinidad es un solo Dios
que creó y llenó cada cosa:
el cielo de seres celestes
y la tierra de seres terrestres.

Llenó el mar, los ríos y las fuentes
de seres acuáticos,
vivificando cada cosa con su Espíritu,
para que cada criatura honre
a su sabio Creador,
causa única del vivir y del permanecer.

Que lo celebre siempre más que cualquier otra
la criatura racional
como gran Rey y Padre bueno.

Amén.