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La mano

(De "Los Signos Sagrados" por Romano Guardini)

El cuerpo entero es instrumento y espejo del alma. No reside ésta simplemente en aquél a la manera de una persona en su aposento, sino que vive y obra en cada uno de los miembros y en cada fibra; y habla por cada línea, forma y movimiento corporal. Rostro y mano son, empero, de especial modo instrumentos y espejos del alma.

Que lo sea el rostro, nadie lo duda. Cuanto a la mano, si reparas en alguna persona —o en ti mismo—, notarás que no hay movimiento del ánimo —alegría, sorpresa, expectación— que no se manifieste en ella. Un súbito alzar o un ligero movimiento de la mano, ¿ acaso no dicen a menudo mucho más que la palabra misma? ¿Y no parecen a las veces groseras las palabras, comparadas con el delicado y expresivo lenguaje de la mano?

Después del rostro, ésta es la parte más espiritual del cuerpo. Firme y vigorosa, cual conviene a un instrumento de trabajo y arma ofensiva y defensiva; pero ¡vaya estructura elegante la suya! ¡Y qué bien articulada, cuán ágil y provista de nervios de fina sensibilidad! Instrumento, a la verdad, adecuado para declarar el hombre su propia alma. Y para recibir la ajena; que también a ese fin le sirve la mano.

¿O no recibimos por ventura el alma del amigo al estrechar en nuestras manos las que él nos tiende con la confianza, alegría, afecto y dolor que hablan por ellas?

Fuerza será, pues, que la mano tenga su lenguaje propio allí donde tan particularmente habla y escucha el alma: ante Dios; allí donde el alma acude a entregarse y recibir a Dios: en la oración.

Cuando uno se concentra en si mismo y está en su alma a solas con Dios, las manos se estrechan fuertemente la una con la otra, y se entrecruzan los dedos; así, el flujo interno, que pugna por escapar, pasa de una en otra y refluye en lo interior, a fin de que todo él quede adentro, cerca de Dios. Expresión del recogimiento interior, de la guarda del «Dios escondido». Como si dijera el alma: «Dios es mío, y yo soy suya; y ambos estamos estrechamente unidos.» Esa misma postura toman las manos en sobreviniendo algún peligro de angustia, de necesidad grave o de dolor: se estrechan apretadamente la una con la otra; y allí lucha consigo el alma hasta triunfar de sí misma y recobrar la paz.

Mas cuando uno se presenta al Señor en actitud sumisa y reverente, ¿qué hace sino extender ante el pecho las manos, juntas por las palmas, en señal de disciplina y respeto? Expresión humilde y bien ordenada de la propia palabra, y disposición a escuchar atentamente la divina. Signo también de conformidad y sumisión, ese abandonar en las manos de Dios, atadas, por decirlo así, las nuestras, con que en ocasiones salimos en propia defensa.

Puede también ocurrir que en la presencia de Dios se abra el alma con intenso júbilo o gratitud; que sueltos, como en un órgano, todos los registros, se difunda la interior riqueza y abundancia; o que surja y llame en ella algún deseo vehemente. El hombre en tales casos, vueltas arriba las palmas, las levanta en alto, para que por ellas fluya libre la corriente interior, y el alma reciba plenamente lo que sedienta anhela.

Y puede, en fin, suceder que, ante un sacrificio inminente, se concentre uno en si mismo, con cuanto es y tiene, para ofrecerse generosamente a Dios. Cruza entonces manos y brazos sobre el pecho.

Bello y excelente lenguaje el de la mano. Dice la Iglesia que nos la dio el Señor para «llevar en ella el alma».

Toma, pues, en serio ese lenguaje. Dios escucha cuanto le dice de lo más intimo del alma. Pueden también las manos revelar pereza interior, disipación y otras cosas poco loables. Mantenlas siempre bien, y cuida que el corazón vaya de concierto con lo que ellas exteriormente manifiestan.

Cosa delicada esta que acabamos de exponer; de las que no se habla propiamente a gusto, sino con cierta reserva. Tanto mayor ha de ser en la práctica nuestra solicitud, no convirtiendo el lenguaje de la mano en juego vano y afectado, antes bien cuidando que por él manifieste a Dios el cuerpo con absoluta sinceridad los sentimientos del alma.