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Dios de mi Señor Jesucristo

(Texto del sacerdote y teólogo Karl Rahner)

Tú eres el ilimitado, Dios mío, el infinito. En ti todo lo que es y puede ser es realidad eternamente presente. Todo cuanto conozco ha tenido por siempre en tu espíritu su patria eterna. Lo que deseo ya lo tienes Tú en posesión. Lo que amo es siempre, en el fondo, lo que tu amor ya ha contenido: eres Tú mismo. Tú eres la sabiduría, el poder, la bondad, la vida y el vigor, Tú, todo cuanto puedo anhelar e imaginar. Pero ¿cómo puedes ser todo eso a la vez?

Lo que sé y anhelo y amo —allí donde vivo y habito— está siempre desgarrado y fragmentado. Todo se desmorona, los pensamientos son pálidos y sin vida, la bondad está tan débil, el poder está vacío de amor, la fuerza vital, descuidada, se torna en desalmada y brutal. Nunca comprimimos en la estrechez de nuestra finitud todo lo que nos parece bueno, bueno sencillamente porque es a la vez vida y sabiduría, bondad y poder, fuerza y ternura, y todas las demás potencias de nuestra vida, a ninguna de las cuales queremos ni debemos renunciar totalmente.

Solamente podemos una cosa y debemos hacerla: ordenar todas estas cosas, asignar un sitio a cada una de estas fuerzas de nuestra vida y concederle su medida justa, para que ninguna absorba violentamente toda nuestra vida y desplace a las demás. Siempre debemos guardar «orden» y medida. Debemos vigilar que el espíritu no se convierta en adversario de la fuerza vital, que la bondad no sea debilidad ni la fuerza dominio animal.

Todas estas fuerzas rodean ávidamente nuestra vida finita y esperan recibir su parte para ser y vivir en nosotros y por nosotros mismos. Nuestra fuerza limitada debe ser repartida moderadamente entre ellas como con medidas miserables. En nada podemos abandonar nuestra vida completamente, en nada gastarnos completamente. Porque si no, aquello y nosotros mismos nos iríamos a pique en semejante exclusividad y derroche desbordado: los que lo saben todo raras veces son hombres amantes; los «todopoderosos», son las más de las veces duros; de los más bellos se dice que son con frecuencia tontos. Y debe ser así: ¿cómo podríamos ser nosotros, seres limitados, todo a la vez?

Y, sin embargo, ¿dónde está la omnisciencia, que es amor eterno; la omnipotencia, que es toda bondad; la vida llena de sangre, que precisamente por eso es espíritu vivo; la belleza, que es espiritual y sabia? ¿Dónde puede crecer, hasta el infinito, cada una de las cosas que son grandes y extenderse sin limitaciones de ninguna especie, imponerse sin consideración y, a pesar de ello, ser así también todo lo demás, en vez de aniquilarlo?

Esto eres Tú, Dios mío. Tú eres todo en todo. Y en cada cosa, en la cual eres, lo eres todo. Cada cosa que sabemos existe en ti, en ilimitación infinita, no desplaza cualquier otro objeto del imperio de la realidad, sino que le da cabida en su propia anchura sin término. En ti se estructura de tal manera el saber,como saber infinito, que esta omnisciencia se convierte en omnipotencia, y la temible inflexibilidad de tu omnipotencia se torna por sí misma en la fuerza irresistible de tu bondad. Y así, todo lo que en la estrechez de mi limitación se angustia, se atropella y lucha, se convierte, en ti, en una infinitud, que es a la vez unidad e infinitud. Cada una de tus propiedades es, desde luego, por sí misma todo tu ser incomensurable. Lleva en su propio seno toda la realidad.

Así hay al menos alguien a quien debe uno atenerse sin reservas e infinitamente, sin orden, y a quien se puede amar todo cuanto uno quiere. Y ése eres Tú. En el amor de tu santa inconmensurabilidad se vuelve soportable nuestra vida de disciplina, de medida y orden. En ti nuestro corazón puede dilatarse en su nostalgia hacia lo infinito, sin perderse. En ti puede uno desperdigar el corazón en cada cosa aislada y no por ello pierde el todo, porque cada cosa en ti lo es todo. Si llegamos a hallarnos por el amor dentro de ti, entonces desaparece, por decirlo así, la estrechez de nuestra finitud, al menos durante la hora de este amor, y otra vez quedaremos apaciguados de la rutinaria limitación de nuestra finitud.

Así tu infinitud es la liberación de nuestra finitud. Y, sin embargo, Dios mío, debo concederte que cuanto más pienso en ello tanto más me atemoriza precisamente este ser tuyo. Me amenaza en mi seguridad; en él pierdo toda orientación. Se me quiere representar de nuevo entre temor y temblor, como si tu infinitud, en la cual todo se identifica, solamente fuera para ti sólo.

Ciertamente Tú siempre eres todo en cada una de tus propiedades y de tus actos. Tú eres todo en cada uno de ellos, incluso cuando vienes sobre mí, cuando irrumpes en mi vida. Tú no tienes que disponer expresamente que el rayo de tu omnipotencia que cae en mi vida sea también la suave luz de tu sabiduría. Tú puedes hacer que todo tu ser se deslice en tu poder y, sin embargo, tus aguas no se han alejado de ninguna parte. No han abandonado ninguna posibilidad que Tú ya no llenes con tu realidad. Tú puedes ser un juicio inapelable y, sin embargo, para tu oído el eterno juicio de condenación es el júbilo que ensalza tu inconmensurable bondad. Pero para mí, para mi pequeñez, esto es temible y espantoso y hace que se desquicien todas las articulaciones de mi limitación.

Tú siempre eres Tú mismo por completo, como quiera que obres conmigo. Tú eres siempre para ti la unidad infinita de toda realidad, sea que me ames o que pases de largo junto a mí, sea que tu poder o tu bondad, tu justicia o tu misericordia se revelen en mí. Pero precisamente porque Tú eres y serás la infinitud de todo el ser, como quiera que te manifiestes, precisamente por eso no sé, cuando pienso en tu ilimitación, cómo eres conmigo.

Precisamente cuando quiero introducirte en la cuenta de mi vida, debo asentar el número misterioso de tu infinitud, en el cual siempre está contenido todo y cada cosa, y así la cuenta misma de mi vida se vuelve un enigma indescifrable. ¿Cómo puedo contar con tu bondad si ella es siempre en ti santa severidad? ¿Cómo con tu misericordia gratuita si es siempre asimismo tu justicia inapelable? Tú siempre me dices todo: tu infinitud. Pero esta palabra deshace todas las disposiciones de mi limitación. Así, eres la eterna amenaza de mi vida. Tú me haces huir con espanto de toda seguridad.

Señor, me has de decir una palabra que no pueda significar todo y cada cosa a la vez, al comprender todo y cada cosa en insondable unidad. Me has de decir una palabra con un solo significado, una que no sea todo. Debes, para que el pavor de tu infinitud pueda alejarse de mí, hacer que finalmente tu palabra infinita se convierta en finita, que penetre en mi estrechez, a fin de que se acomode a ella sin que destruya la estrecha casa de la finitud, que es la única en la cual yo puedo vivir. Entonces puedo entender sin que tu palabra o infinitud turbe mi espíritu y oprima mi corazón.

En tu «palabra abreviada» que no lo diga todo, pero sí algo inteligible para mí, volvería yo a respirar. Debes hacer una palabra humana de tu palabra, y ésta decírmela a mí, porque una palabra así yo la podría entender. No digas todo lo que Tú eres en tu infinitud, di solamente que me amas. Dime tan sólo que eres bueno para mí. Pero no lo digas en tu lenguaje de Dios, en el cual tu amor siempre expresa también tu justicia inexorable y tu poder destructor, sino dilo en mi lenguaje, donde no tenga yo que temer que la palabra del amor oculte otra cosa en sí que tu bondad y tu suave misericordia.

¡Oh, Dios infinito, quisiste decirme tal palabra! Mandaste al mar de tu infinitud no anegar el pobre y pequeño reducto en el cual se encierra la limitada parcela de mi vida, pero que también se extiende protegida cabe tu infinitud. De tu mar solamente debía venir el rocío de tu suavidad sobre mi exiguo campo. En palabras humanas viniste a mí, porque Tú, infinito, eres el Dios de Nuestro Señor Jesucristo. El nos habló en palabras humanas, y ya no habrá de significar la palabra del amor lo que yo pudiera temer, porque cuando él dice que nos ama y que tú nos amas en Él, entonces proviene esta palabra de un corazón de hombre. Y en un corazón de hombre tal palabra sólo tiene un significado, sólo un significado bienhechor. Si este corazón humano nos ama, entonces mi corazón se apacigua. Si me ama, sé que el amor de este corazón humanado no puede ser otra cosa que amor, y nada fuera de eso.

Y Jesús realmente me dijo que me ama, y su palabra ha surgido de su corazón de hombre.