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La tentación

(De "Oraciones para rezar por la calle" por Michel Quoist)

El demonio no puede quedarse satisfecho al ver que un cristiano se ha puesto de parte de Dios y de los demás.

No faltarán días o épocas en que el torbellino de la tentación, acallado últimamente por el canto del amor, rebrotará más violento e insistente.

Dios permite esta prueba. Y ocasiones habrá en que se hará sordo a los SOS de su pequeño, para medir sus fuerzas y obligarle a un mayor abandono.

Hasta que éste lo espere todo de Dios y nada de sí mismo, no encontrará la paz.

Sólo los niños pequeños se dejan conducir por Dios.

Cuando hubo subido a la nave, le siguieron sus discípulos. Y se produjo en el mar una gran agitación, tal que las olas cubrían la nave; pero Él entretanto dormía, y acercándose le despertaron, diciendo: «Señor, sálvanos que perecemos». Él les dijo: «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?» Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma (Mt 8,23-26).

En verdad os digo, si no os volvieras y os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mt 18,2-3).

No puedo más, Señor,
estoy rasgado,
agrietado.
Desde la mañana estoy luchando con esta tentación
que dale y dale, discreta, persuasiva, sensible o sensual,
danza ante mí como una muchacha picante ante un barracón de feria.
Y ya no sé qué hacer,
no sé dónde ir,
me acecha, me sigue, me invade.

Si huyo de una habitación me la encuentro sentada, esperándome, en la otra.
Cojo un periódico y allí está escondida bajo las palabras de un artículo tonto.
Salgo y topo su sonrisa detrás de un rostro desconocido.
Giro la cabeza, miro a la pared y salta de un cartelón de anuncio.
Vuelvo a casa para trabajar y ella duerme tranquila en mis carpetas y se despierta apenas toco mis papeles.
Desesperado meto mi pobre cabeza entre las manos,
cierro los ojos para no ver nada... y la descubro más viva que nunca, instalada dentro de mí, como en su casa.
Pues ella ha forzado la puerta de mi alma,
se ha deslizado en mi cuerpo,
en mis venas,
hasta la punta de mis dedos,
se mete por las rendijas de mi memoria,
canta al oído de mi imaginación,
toca mis nervios como las cuerdas de una guitarra.

Ya ni sé dónde estoy, Señor,
no sé siquiera si quiero este pecado que me guiña,
no sé si estoy huyéndolo o si corro hacia él.
El vértigo me agarra y el vacío me atrae como al imprudente alpinista que no puede ni seguir avanzando ni retroceder.
Señor, ayúdame.

Aquí estoy, niño mío.
No estás abandonado
hombre de poca fe.

Es que eres demasiado orgulloso,
todavía cuentas contigo.
Si quieres pasar a través de todas las tentaciones sin caer, sin vacilar, calmo y sereno,
hace falta que te abandones en mis manos,
hace falta que reconozcas que tú no eres suficientemente grande, que tú no eres lo bastante fuerte,
hace falta que te dejes guiar,
como un niño,
como un pequeñuelo mío.

Vamos, dame tu mano y no temas.
Si hay fango yo te llevaré 'en brazos.
Pero hace falta que tú seas pequeño, totalmente pequeño
pues sólo los pequeños van en brazos del Padre.