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Lucas 1,39-45: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!


En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

En cuanto Isabel. oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito:

-¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!.

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.

¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

REFLEXION (de la homilía del Papa Juan Pablo II el 22 de diciembre de 1985):

El Señor está cerca

“¡El Señor está cerca!”. Con estas palabras nos saluda la Iglesia en la liturgia de los últimos días antes de Navidad. Estos son los días en los que la Iglesia fija la mirada particularmente en Aquél que debe venir la noche de Belén.

Hallamos su expresión en la liturgia del último domingo de este período.

A través de la lectura de la Carta a los Hebreos percibimos las palabras del Hijo de Dios: "Aquí estoy... Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo... Aquí estoy... ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad" (Hb 10,5,7).

En estas palabras, la venida de Dios en medio de los hombres toma la forma del misterio de la Encarnación. Dios ha preparado este misterio desde la eternidad, y ahora lo realiza. El Padre manda al Hijo. El Hijo acoge la misión. Por obra del Espíritu Santo se hace hombre en el seno de la Virgen de Nazaret. “Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14). El Verbo es el Hijo eternamente amado y eternamente amante. El amor significa la unidad de las voluntades. La voluntad del Padre y la voluntad del Hijo se unen. El fruto de esta unión es el Amor personal, el Espíritu Santo. El fruto del Amor personal es la Encarnación: “me has preparado un cuerpo”.

Misterio de la Encarnación

“El Señor está cerca”. El Padre “ha preparado” al Hijo el “cuerpo humano” por obra del Espíritu Santo, que es Amor.

El misterio de la Encarnación significa una especial “efusión” de este Amor: descendimiento del Espíritu Santo sobre la Virgen de Nazaret. Sobre María.

“El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios” (Lc 1,35).

El Espíritu Santo con su fuerza divina actúa ante todo en el corazón de María. De este modo la fuente del misterio de la Encarnación se hace la fe de Ella: obediencia de la fe. “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). En la Visitación -de la que habla el Evangelio de hoy-, Isabel alaba antes de nada la fe de María: “¡Dichosa tú que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá” (Lc 1,45).

En efecto, en la anunciación María pronuncia su “fiat” en la obediencia de la fe. Este “fiat” es el momento clave. El misterio de la Encarnación es misterio divino y al mismo tiempo humano. Efectivamente, Aquél que asume el cuerpo es Dios-Verbo (Dios-Hijo). Y al mismo tiempo el cuerpo que asume es humano. “Admirable commercium”.

En este momento, cuando la Virgen de Nazaret pronuncia su “fiat” (hágase en mí según tu palabra), el Hijo puede decir al padre: “Me has preparado un cuerpo”.

El Adviento de Dios se realiza también por obra del hombre. Mediante la obediencia de la fe.

La liturgia de hoy nos pone ante los ojos no sólo la eterna obediencia del Hijo: “Aquí estoy, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad”, no sólo la obediencia de Aquella que ha sido elegida para ser su Madre terrena..., sino que nos pone ante los ojos también el lugar en el que se debe realizar el misterio de la Encarnación.

En el centro de la profecía de Miqueas aparece el topónimo: Belén. Este es precisamente el lugar en el que el Eterno Hijo debía por primera vez revelarse en el cuerpo humano. El Hijo de Dios como Hijo del hombre: Hijo de María.

El Profeta dice: “Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial” (Miq 5,1).

Dicho origen “desde lo antiguo”: de tiempo inmemorial (¡y sin comienzo!) es participado por el Hijo-Verbo. “Hasta el tiempo en que la madre dé a luz” -anuncia posteriormente el Profeta- “y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel”.

El Espíritu Santo y María

Este nacimiento humano del Hijo de Dios de la Virgen da comienzo al nuevo Israel: al nuevo Pueblo de Dios.

Será éste el pueblo de los “hermanos” de Cristo: de aquellos que mediante la gracia, nos convertiremos en “hijos en el Hijo”. Recibirán “poder para ser hijos de Dios”, como dirá San Juan en el prólogo de su Evangelio.

El lugar en el que todo esto se cumplirá: donde se cumplirá y al mismo tiempo se recordará siempre de nuevo en la historia de la salvación, es precisamente esa Belén de Efrata.

Cuando Cristo entró en el mundo dijo: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije...: Aquí estoy, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad” (Hb 10,5-7).

El misterio de la Encarnación significa el comienzo del nuevo sacrificio: del perfecto sacrificio. El que es concebido en el seno de la Virgen por obra del espíritu Santo, que nace en la noche de Belén, es Sacerdote Eterno. Lleva al Sacrificio y realiza el Sacrificio ya en su Encarnación. Es decir, el Sacrificio que “es agradable a Dios”.

Agrada a Dios el sacrificio en el que se expresa toda la verdad interior del hombre: el sacrificio de la voluntad y del corazón. El Hijo de Dios asume la naturaleza humana, el cuerpo humano, precisamente para comenzar dicho sacrificio en la historia de la humanidad.

Lo realizará definitivamente mediante su “obediencia hasta la muerte”. Sin embargo, el comienzo de esta obediencia está ya en el seno de la Virgen María. Ya en la noche de Belén: “Aquí estoy, ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad”.

Al rodear al recién nacido, en la noche de Belén y durante todo el período de Navidad, demos desahogo a la necesidad de nuestros corazones.

Gocemos de esa alegría, que el tiempo de Navidad lleva consigo.

Cantemos “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama” (Lc 2,14).

Y sobre todo: aprendamos hasta el final la verdad contenida en este misterio penetrante: “Aquí estoy... ¡oh Dios!, para hacer tu voluntad”.

Aprendamos del Hijo de Dios a hacer la voluntad del padre. En efecto, ésta es la vocación de los que se han convertido en “hijos en el Hijo”. Esta es vuestra vocación cristiana. Este es fruto del Adviento de Dios en la vida humana.