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Miércoles Santo - Isaías 50,4-9a: No me tapé el rostro ante ultrajes


Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. Tengo cerca a mi defensor, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos. ¿Quién tiene algo contra mí? Que se me acerque. Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?

REFLEXIÓN:

El texto citado hoy es conocido como uno de los cantos del Siervo, específicamente este es el tercer canto. Nos describe poéticamente la misión del Siervo de Dios.

Los cristianos vieron, desde los umbrales del cristianismo, a Jesús y su misión descritos en estos cantos del Siervo.

Es una misión de servicio y ayuda alentadora, recibe de Dios una lengua capaz de estimular al que sufre: "para saber decir al abatido una palabra de aliento".

Eso fue precisamente lo que hizo Jesús mientras estuvo en la tierra, acercándose a los marginados y anunciándoles la Buena Noticia de la llegada del Reino de Dios.

Dicha actitud de aproximación a los oprimidos por el pecado y despreciados por la sociedad le valió una feroz oposición de parte de los jerarcas religiosos de la época.

Pero Jesús no estaba solo; la Palabra de Dios nos muestra al Hijo alentado por el Espíritu, y frecuentemente en comunicación con el Padre. Por eso este texto de Isaías nos dice: "Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados".

La obediencia de Cristo a una misión aceptada voluntariamente, aunque sufrida en extremo, también es descrita aquí: "yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos".

Pero también es descrita la confianza en el Padre, mediante la cual el Hijo se abandona en sus brazos: "El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado".

Es una absoluta seguridad de que al final, a pesar de la apariencia inicial de derrota, su entrega es triunfante porque el Padre está con él: "Tengo cerca a mi defensor, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos. ¿Quién tiene algo contra mí? Que se me acerque. Mirad, el Señor me ayuda, ¿quién me condenará?"

Su dolorosa misión, que le lleva a la muerte en cruz, no es vana. Con ella el mundo alcanza la salvación.

Caminemos con Jesús, el Siervo de Dios, en estos días de reflexión, y vivamos cada momento de esta semana recordando aquellos acontecimientos que nos otorgaron la redención.