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Mateo 7,21-27: Poner en práctica la Palabra de Dios


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-No todo el que me dice «Señor, Señor» entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo. Aquel día muchos dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y en tu nombre echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros? Yo entonces les declararé: "Nunca os he conocido. Alejaos de mí, malvados". El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca. El que escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a aquel hombre necio que edificó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, se salieron los ríos, soplaron los vientos y rompieron contra la casa, y se hundió totalmente.

REFLEXIÓN:

Hemos llegado al final del Sermón de la montaña, muchas y valiosas enseñanzas han sido formuladas a los discípulos por Jesús, la Palabra del Padre que se ha encarnado. Más que un discurso bien desarrollado para demostrar a la multitud sus dotes de orador, el maestro de Galilea desea un cambio de vida de sus oyentes, que en su mayoría pretenden seguirlo y muchos de ellos ser sus discípulos. Pero el seguimiento a Jesús habrá de consistir en hacer suyas las instrucciones recibidas, en las que se ha insistido que el amor al Padre debe manifestarse en el amor al hermano.

En la Carta a los Hebreos se nos dice: "La Palabra de Dios tiene vida y poder, que es más aguda que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo profundo del alma y del espíritu" (Heb 4,12). En ese sentido podemos decir que el contacto con esa Palabra debe inducirnos a vivirla.

Cuando fui ordenado Diácono de la Iglesia, una parte del rito que me impresionó profundamente fue el momento en que el Obispo me entregó el libro con la Palabra de Dios, dirigiéndose a mi con las siguientes frases: "Recibe el Evangelio de Cristo, del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado".

El mensaje contenido en esa exhortación es el tema de que se nos habla a todos en el pasaje bíblico del Evangelio según Mateo citado en el día de hoy.

Predicar, enseñar, y repetir las Palabra de Dios que hemos escuchado, si no son vividas por el que las oye, lee, escribe o anuncia, nos convertirían en bronce que resuena y nada más. Es precisamente a ese que no pone en práctica el mensaje recibido, de modo que se traduzca en obras de bien, a quien luego dirá al Señor: "No te conozco". Como por espada cortante que penetra nuestra conciencia y cambia nuestra forma de actuar, debemos ser transformados en nuestro interior por la Palabra de Dios que hemos conocido.

Dado que cada uno de nosotros los bautizados ha recibido de una u otra forma el mensaje del amor, la caridad y la justicia, que son parte esencial del mensaje cristiano, no ponerlo en practica convierte a quienes así actúan en constructores imprudentes que edifican sus vidas sobre falsas bases. Cuando llegue la tempestad de las pruebas, el pecado y las tentaciones, se sucumbe inevitablemente debido al debil cimiento sobre el que hemos edificado nuestra vida, esperanzas, aspiraciones, y sobre todo nuestra fe.

En cambio, haciendo que nuestra fe sea viva ponemos en ejecución la Palabra de Dios que hemos conocido. Esto lo logramos mediante nuestra justa actuación basada en el amor a Dios y a los hermanos; lo cual tiene que necesariamente manifestarse en la práctica con las obras de la misericordia, orientadas a los atribulados y los que sufren, especialmente los pobres. Así cuando nos azote la inevitable tormenta, que siempre habrá de asomarse de tiempo en tiempo con sus pruebas y tentaciones, aun a sabiendas de que somos siervos inútiles y que sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer, estaremos anclados en base firme y podremos sobrevivir victoriosamente poniendo siempre nuestra confianza en Aquel que nos sigue fortaleciendo luego de habernos salvado con su sangre.