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La Pascua


La fiesta de la Pascua es indicada por Dios, mediante Moisés, al pueblo de Israel. El capítulo 12 del libro del Exodo nos habla con amplios detalles sobre esta celebración. El motivo era la liberación de la esclavitud a que los egipcios habían sometido el pueblo escogido por Dios para él revelar a los hombres sus designios. De ahí el nombre; Pascua significa "paso" o "tránsito" en hebreo; se refiere al paso de la esclavitud a la libertad. Esta libertad habría de ser obtenida con la intervención del brazo poderoso de Yahveh.

El ritual se relacionaba con una cena cuyo plato principal era un cordero sin defecto, pero que también incluía panes ácimos, además de hierbas amargas: "El animal deberá ser de un año, macho y sin defecto, y podrá ser un cordero o un cabrito" (Exodo 12,5). La sangre del cordero tenía su función: ésta se usaría para marcar las viviendas de los que habrían de ser liberados. La Pascua era, pués, un símbolo de la liberación, significando esencialmente el paso de la esclavitud a la libertad.

Es en torno a la celebración de esa festividad judía que ocurren los acontencimientos relativos a la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. En esa época los judíos le daban un caracter mesiánico a esa celebración, debido a que la nación de los israelitas ya tenía varios siglos donde el esplendor del reinado propio estaba apagado, habiéndose convertido en una minúscula provincia de la potencia gobernante de turno.

La identificación de Cristo con el cordero pascual ya estaba anunciada desde el Antigüo Testamento; así vemos el pasaje del libro del profeta Isaías, referido al siervo doliente que es llevado al matadero y carga con nuestros pecados: "Fue maltratado, pero se sometió humildemente y ni siquiera abrió la boca; lo llevaron como cordero al matadero, y él se quedó callado, sin abrir la boca, como una oveja cuando la trasquilan" (Isaías 53,7). Más reciente, en el Nuevo Testamento, Juan el Bautista dice de Jesús: "Al día siguiente, Juan vio a Jesús que se acercaba a él, y dijo: “¡Mirad, ese es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!" (Juan 1,29).

Luego del triunfo pascual de Jesucristo, bajo la acción del Espíritu Santo, los discípulos identificaron a Jesús con el verdadero Cordero Pascual. así leemos lo que nos dice el Apóstol Pedro: "Pues Dios os ha rescatado de la vida sin sentido que heredasteis de vuestros antepasados; y sabéis muy bien que el costo de este rescate no se pagó con bienes corruptibles, como el oro o la plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, ofrecido en sacrificio como un cordero sin defecto ni mancha." (1Pe 1,18-19). También Pablo se refiere al tema: "Así que echad fuera esa vieja levadura que os corrompe, para que seáis como el pan hecho de masa nueva, como el pan sin levadura que se come en la Pascua y el que en realidad sois vosotros. Porque Cristo, que es el Cordero de nuestra Pascua, fue muerto en sacrificio por nosotros" (1Co 5,7).

La Pascua vivida y celebrada por el pueblo de Israel era, pués, una prefiguración de la que habría de acontecer siglos más tarde cuando llegase la plenitud de los tiempos. Así, Cristo es el verdadero Cordero Pascual sin mancha que no cometió pecado. Su muerte en cruz viene a constituir el sacrificio pascual efectuado en la verdadera Pascua. Mediante su sangre, vertida por nosotros, y con su resurrección, nos ha liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte eterna.

A diferencia de la Pascua antigüa, el Cordero sacrificado en esta nueva Pascua ha proporcionado un sacrificio definitivo y perpetuo. Ya no se necesita ningún otro; es una liberación definitiva, mediante un sacrificio santo que es actualizado en cada celebración eucarística, por mandato del Señor: "Tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía" (Lucas 22,19). Por tanto la cena de Pascua era en realidad una prefiguración de la Eucaristía.

Por eso la Pascua es gozo, es alegría. En ella celebramos la victoria sobre la muerte. Cristo ha resucitado y no ha quedado en la frialdad del sepulcro; venciendo la muerte, nos abre paso a nosotros para también vencerla, mediante su otra victoria que también nos comunica: la victoria sobre el pecado que nos separaba de Dios. Estamos alegres porque Jesús con su muerte y resurrección ha derribado todos los obstáculos que nos separaban de Dios, a quien hoy podemos llamar Padre.

Como comunidad redimida que es la Iglesia, estamos gozosos y celebraremos jubilosos las próximas semanas, compartiendo y haciendo actual la inmensa alegría que vivieron los discípulos ante la manifestación y la presencia del resucitado entre ellos.