(Palabras pronunciadas en el rezo del Regina coeli, el día de Pentecostés del año 1978, por el Papa Pablo VI)
El designio religioso, el de la salvación, el de nuestras relaciones auténticas y dichosas con Dios, el designio en que estamos incluidos, comprende un misterio complementario del de Cristo, precisamente el misterio que celebramos hoy, llamado Pentecostés, por los cincuenta días transcurridos desde Pascua. «Fiesta de las fiestas» la llama la Iglesia griega, porque en ella tiene comienzo y de ella recibe perennidad nuestra comunión con Dios, a través de Cristo, en el Espíritu Santo. Pentecostés es la fiesta de cada una de las almas que por la inhabitación de la gracia son «templos» del Espíritu Santo. Es la fiesta por excelencia de la santidad accesible a todos los fieles. Por tanto, fiesta de cada uno de nosotros. Y fiesta de toda la Iglesia, que es Cuerpo místico de Cristo, el cual juntamente con el Padre envía al Espíritu Santo como animador de la unidad implicada en la economía salvadora de Cristo. De ahí el nombre de Don conferido especialmente al Espíritu Santo, signo y fuente de amor, de gozo y de fortaleza cristiana.