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Cristo, Rey de la familia: La fidelidad conyugal

(De "Cristo Rey" por Mons. Tihamér Tóth)

A causa de la guerra de Troya, Ulises tuvo que estar lejos de su casa durante veinte años. Y durante todo este tiempo su esposa, Penélope, sufrió el asedio que le hicieron ciento ocho pretendientes. Y para librarse de ellos, les puso esta condición: «Cuando acabe de tejer esta tela me decidiré por uno de ustedes.» Y durante el día, a la vista de los pretendientes, trabajaba pacientemente, tejía sin cesar; mas por la noche deshacía todo cuanto tejiera durante el día. De esta manera, pudo ganar tiempo hasta volviera su esposo, pasados veinte años.

Todo un ejemplo de fidelidad matrimonial, de amor verdadero.

¿Qué se requiere sobre todo para mantener la fidelidad matrimonial?

En primer lugar, que los esposos estén firmemente decididos a guardar los mandamientos de Dios. En una familia así, podrá haber discrepancias de pareceres y leves roces —¡siempre los habrá, pues somos hombres!—, pero por encima de todo reinará la paz, porque habrá amor abnegado y perdón magnánimo, no se darán altercados graves ni se guardarán rencores.

«Los maridos deben amar a sus mujeres como a sus propios cuerpos» (Ef 5,28), es decir, amarla como a sí mismo.

«Maridos, amad a vuestras mujeres, y no las tratéis con aspereza» (Col 3,19). Ella te la ha dado Dios como una compañera, no como una esclava.

«Las casadas estén sujetas a sus maridos como al Señor; por cuanto el hombre es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia» (Ef 5,22-23).

Pero la guarda de los mandamientos de Dios, y por tanto, la fidelidad, no se improvisan, deben vivirse ya antes del matrimonio. Ello exige amor a Dios, dominio de las propias pasiones, abnegación y espíritu de sacrificio. De ahí la importancia de educar a los jóvenes en este aspecto.

La experiencia nos dice que en la mayoría de los casos, cuando se dan serias divergencias entre los esposos, es sencillamente porque no se tratan con delicadeza y dulzura, porque no son comprensivos el uno para el otro y no saben perdonarse mutuamente sus imperfecciones y diferencias. Eduquemos, pues, a los jóvenes desde pequeños, para que sepan comprender y tolerar las debilidades y defectos ajenos. Eduquémosles de suerte que no se acostumbren a decir siempre: «ha sido él el que ha empezado», «es él quien tiene la culpa»; sino que sepan confesar sencillamente: la culpa es mía. Eduquémosles para que no esperen a que el otro se enmiende primero, sino que procuren pedir perdón ellos primero. Eduquémosles para que estén siempre dispuestos a buscar, no sus propios intereses, sino los de los demás.

Bien se comprende que dos jóvenes así, si llegan a contraer matrimonio, vivirán en armonía y se guardarán fidelidad, porque ninguna de las dos partes buscará su propia felicidad, sino la del otro.

Muchas discusiones y riñas en la familia son debidas a que alguno de los esposos tiene un temperamento quisquilloso que no se ha sabido tener a raya, caprichoso, impaciente e irascible en extremo.

A veces el problema es causado por la mujer, que es caprichosa y vanidosa, que tiene deseos irrealizables y grandes pretensiones, por encima de sus posibilidades. Por ejemplo, en gastos de vestido y cosméticos, todo le parece poco. Sólo piensa en brillar y en llamar la atención. Y no se dan cuenta que los jóvenes buenos se fijan más en la belleza del alma que en la apariencia exterior: en que sea sencilla y abnegada, amable y simpática…. Por esto, hay que educar a las muchachas especialmente para que sean modestas, y sencillas.

Hay también que educar a los jóvenes para que sean tengan paciencia y sepan sobreponerse a sus estados de ánimo, a sus sentimientos, sin darles la importancia que no tienen.

Cuenta la historia que en cierta ocasión, Xantipa empezó a regañar a su esposo Sócrates desde muy temprano...; no paraban de caer rayos y truenos sobre él. Por fin, Sócrates, cansado de tanta regañina salió de casa. Y su mujer, enfurecida, le arrojó desde la ventana una jofaina de agua sobre la cabeza. Sócrates se detuvo, volvió la mirada hacia arriba, y así como estaba, mojado hasta los huesos, dijo con calma: «No cabe duda, después de tronar suele llover...»

Difícilmente también los esposos serán fieles en el matrimonio, si antes no han vivido la castidad, permaneciendo vírgenes hasta el matrimonio. Por eso es importante que los padres eduquen a sus hijos en la pureza antes de que lleguen al matrimonio.

Cerca de Jerusalén, en Betania, vivía una familia buena; la conformaban tres hermanos: Marta, María y Lázaro. El Señor distinguió con su peculiar amistad este hogar feliz. Después de sus arduos trabajos, se iba a descansar con aquella familia, y en estas ocasiones las dos hermanas hacían cuanto podían para atenderle. La felicidad reinaba en esta familia...

¡Qué dichosa es la familia que sabe cultivar esta amistad cálida y sincera con Nuestro Señor Jesucristo! Podrá venir la desgracia de vez en cuando —¿puede haber una familia que no tenga días tristes?—, pero no se desesperan ni pierden la paz, porque en esos trances acudirán a Jesucristo para encontrar la fuerza y gracia que necesitan.

La familia de Betania sufrió también un duro golpe. ¿A dónde recurrieron entonces? A Jesucristo, el amigo de la familia. Contemplemos la escena. Lázaro se pone gravemente enfermo, Cristo está lejos. Las hermanas cuidan con temor y cariño al enfermo, cuyo estado se agrava por momentos... “¡Señor, mira, el que amas está enfermo!»; éste es el recado que mandan a Jesús. El Señor no llega — ¡muchas veces parece que tampoco a mí me escucha!—. Lázaro entra en agonía; las hermanas, apesadumbradas, esperan con ansias la llegada de Jesús. No llega. Lázaro muere, y el Señor todavía no ha llegado.

¿No amaba Jesús a esta familia? ¡Oh, sí! Y, no obstante, permitió que la visitase la desgracia. Para darnos una lección: Él está enterado de lo que nos pasa, y a pesar de ello, muchas veces no nos libra del sufrimiento, porque tiene algún plan mejor para nosotros, aunque no lo entendamos. El Señor quiere que no perdamos la fe en Él, aunque nos parezca lo contrario.