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Contra las tentaciones

(De "Introducción a la Vida Devota" por san Francisco de Sales)

Remedio contra las grandes tentaciones

Enseguida que sientas en ti alguna tentación, haz como los niños, cuando en el campo ven algún lobo o algún oso; al instante corren a los brazos de su padre y de su madre, o, a lo menos, les llaman y les piden auxilio y socorro. Acude de la misma manera a Dios, reclamando su auxilio y misericordia; es el remedio que enseña Nuestro Señor: «Orad para no caer en la tentación».

Si ves que la tentación persevera o aumenta, corre, en espíritu, a abrazar la santa Cruz, como si vieses delante de ti a Cristo crucificado, protesta que no consentirás en la tentación, y pídele socorro contra ella y, mientras dure la tentación, no ceses de afirmar que no quieres consentir.

Pero, cuando hagas tales protestas y deseches el consentimiento, no mires de frente a la tentación, sino solamente a Nuestro Señor, porque, si miras la tentación, podrá hacer vacilar tu valor, sobre todo si es muy violenta.

Distrae tu espíritu con algunas buenas y laudables ocupaciones, porque estas ocupaciones al entrar en tu corazón y al establecerse en él, ahuyentarán las tentaciones y sugestiones malignas.

El gran remedio contra todas las tentaciones, grandes y pequeñas, es desahogar el corazón y comunicar a nuestro director todas las sugestiones, sentimientos y afectos que nos agitan. Fíjate en que la primera condición que el maligno pone al alma que quiere seducir, es el silencio, como lo hacen los que quieren seducir a las esposas y a las hijas, que, ante todo, les prohíben comunicar a los maridos y a los padres sus proposiciones, siendo así que Dios quiere que demos a conocer enseguida sus inspiraciones a nuestros superiores y directores.

Y si, después de lo dicho, la tentación se empeña en importunarnos y en perseguirnos, no hemos de hacer otra cosa sino insistir por nuestra parte, en la protesta de que no queremos consentir; porque, así como las mujeres no pueden quedar casadas mientras dicen que no, de la misma manera no puede el alma, aunque muy agitada, ser jamás vencida si se niega a serlo.

No concedas beligerancia a tu enemigo, y no le contestes palabra, si no es aquella con que Nuestro Señor le respondió, y con la cual le confundió: « ¡Vete, Satanás! Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás». Y así como la mujer casta no ha de responder una sola palabra al hombre envilecido que le sigue haciéndole proposiciones deshonestas, sino que, dejándole al punto, ha de inclinar, al instante, su corazón del lado de su esposo, y ha de renovar el juramento de fidelidad que le prometió, sin entretenerse en dudar, así el alma devota, al verse acometida de alguna tentación, no ha de pararse en disputar y en responder, sino que, sencillamente, ha de volverse hacia el lado de Jesucristo, su esposo, y prometerle de nuevo que le será fiel, y que sólo quiere ser toda de Él, por siempre jamás.

Es menester resistir a las tentaciones pequeñas

Aunque es cierto que hemos de combatir las grandes tentaciones con un valor invencible, y que la victoria que, sobre ellas, reportemos será para nosotros de mucha utilidad, con todo no es aventurado afirmar que sacamos más provecho de combatir bien contra las tentaciones leves; porque así como las grandes exceden en calidad, las pequeñas exceden desmesuradamente en número, de tal forma que el triunfo sobre ellas puede compararse con la victoria sobre las mayores. Los lobos y los osos son, sin duda, más peligrosos que las moscas, pero no son tan impertinentes ni enojosos, ni ejercitan tanto nuestra paciencia.

Es una cosa muy fácil no cometer ningún homicidio, pero es muy difícil evitar los pequeños enfados, de los cuales se nos presentan ocasiones a cada momento. Es muy fácil a un hombre o a una mujer no cometer adulterio, pero ya no lo es tanto abstenerse de ciertas miradas, de dar o recibir amor, de procurar gracias o pequeños favores, de decir o aceptar piropos. Es muy fácil no ser rival del marido o de la mujer, en cuanto al cuerpo, pero no es tan fácil no serlo en cuanto al corazón; cosa fácil es no mancillar el lecho nupcial, pero es muy difícil no lesionar el amor de los casados; cosa fácil es no hurtar los bienes ajenos, es, empero, difícil no desearlos ni envidiarlos; es muy fácil no levantar falso testimonio en juicio, pero es muy difícil no mentir en una conversación; es muy fácil no embriagarse, pero es muy difícil ser sobrio; es muy fácil no desear la muerte del prójimo, pero es difícil no desearle algún malestar; es muy fácil no difamarle, pero es difícil no despreciarle.

En una palabra, estas pequeñas tentaciones de ira, de sospechas, de celos, de envidia, de amoríos, de frivolidad, de vanidad, de doblez, de afectación, de artificio, de pensamientos deshonestos, son los cotidianos ejercicios, aun de las personas más devotas y decididas; por esta causa, conviene que, con mucho cuidado y diligencia, nos preparemos para este combate, y ten la seguridad de que cuantas fueren las victorias logradas contra estos pequeños enemigos, otras tantas serán las piedras preciosas engarzadas en la corona de gloria que Dios nos prepara en su paraíso. Por esto digo que, mientras esperamos la ocasión de combatir bien y valientemente las grandes tentaciones, si llegan, es menester que nos defendamos bien y dignamente de los pequeños y débiles ataques.

Cómo se han de remediar las pequeñas tentaciones

Ahora bien, en cuanto a estas pequeñas tentaciones de vanidad, de sospecha, de melancolía, de celos, de envidia, de amores, y otras semejantes impertinencias, que, como moscas, pasan por delante de los ojos, y ora nos pican en las mejillas, ora en la nariz; como sea que no es imposible librarnos completamente de su importunidad, la mejor resistencia que les podemos hacer es no inquietarnos, porque nada de esto puede dañar, aunque sí causar molestias, mientras permanezca firme la resolución de servir a Dios.

Desprecia, pues, estos pequeños ataques, y no te dignes pensar en lo que significan, sino déjalos que zumben cuanto quieran alrededor de tus oídos, y que corran de acá para allá en torno de ti; y cuando te piquen, y veas que, poco o mucho, se detienen en tu corazón, no hagas otra cosa que alejarlos sencillamente, sin combatirles ni responderles de otra manera que con actos de amor de Dios. Porque, si quieres creerme, no te esfuerces demasiado en querer oponer la virtud contraria a la tentación que sientes, porque eso casi equivaldría a querer disputar con ella; sino que después de haber hecho un acto de virtud directamente contrario, si es que has conocido la calidad de la tentación, inclina simplemente tu corazón hacia Jesucristo crucificado y, con un acto de amor a Él, besa sus sagrados pies. Este es el mejor recurso para vencer al enemigo, así en las grandes como en las pequeñas tentaciones, ya que el amor de Dios, por contener en sí todas las perfecciones de todas las virtudes, y de una manera más excelente que las mismas virtudes, es también un remedio más eficaz contra todos los vicios; además, si tu espíritu se acostumbra a recurrir, en todas las tentaciones, a esta consigna general, no se verá obligado a mirar y examinar qué clase de tentaciones tiene, sino que, simplemente, al sentirse turbada, se pacificará con este gran remedio, el cual, aparte de lo dicho, espanta tanto al espíritu maligno, que, cuando ve que sus tentaciones despiertan en nosotros este divino amor, ya no nos tienta más. Aquí tienes todo lo que atañe a las pequeñas y frecuentes tentaciones, en medio de las cuales el que quiera detenerse en menudencias, perderá la paciencia y no hará nada bueno.