Te adoro

Del Cardenal Newman
Dios mío, eterno Paráclito, te adoro a ti que eres luz y vida del alma mía.
Hubieras podido contentarte con enviarme desde fuera buenos pensamientos,
la gracia inspiradora y el socorro.
Así, hubieras podido conducirme en la vida y purificarme solamente gracias a tu virtud interior.
Pero, en tu infinita compasión, entraste en mi alma desde el principio,
tomaste posesión de ella y has hecho tu templo en ella.
Habitas en mí de manera inefable por medio de tu gracia,
por tu eterna substancia, y es como si yo estuviera en cierto modo, aquí abajo, absorbido en Dios,
sin perder mi propia individualidad.
Y al haber tomado posesión de mi cuerpo,
de este miserable y terrenal tabernáculo de carne,
mi cuerpo mismo es también tu Templo,
¡oh asombrosa, oh terrible verdad!
Yo lo creo, yo lo sé
¡Oh Dios mío!