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La Biblia

Del poeta venezolano Abigail Lozano (1821-1866)
Yo he leído ese libro misterioso 
que por el mismo cielo fué dictado;
del Profeta y del Ángel he escuchado 
de nube en nube retronar la voz. 
He asistido al festín de las ciudades, 
y de sus copas al hirviente ruido, 
he escuchado el horrísono chasquido 
de las llamas coléricas de Dios.

Mas ni el Ángel, ni el fuego, ni el Profeta 
han dejado un recuerdo en mi memoria, 
como una triste y dolorosa historia 
que vive en ese Libro inmemorial.
Es la historia de un Niño que en el cielo 
durmió el sueño primero de la vida, 
y al abrazar una ilusión querida, 
despertó en este valle terrenal.

Mas despertó en los brazos cariñosos 
de una Virgen purísima y divina, 
hermosa cual la estrella matutina, 
más pura que el radiante serafín. 
Cada letra del nombre de esa Virgen 
es en el cielo un canto, una armonía:
la tierra misma al pronunciar María 
exhala el dulce aroma del jazmín.

A ese nombre Luzbel en sus abismos 
tiembla... ve el cielo y brilla suspendida
en su pupila cárdena, encendida, 
una lágrima hirviente de dolor. 
Porque ese nombre lo llevó en la tierra 
una mujer que alimentó en su seno 
al Dios que guarda entre la nube el trueno, 
el relámpago, el rayo abrasador.

Del sagrado Jordán las aguas puras, 
de aquel Niño la imagen retrataron; 
sus playas solitarias escucharon 
el beatífico nombre de Enmanuel, 
a esa voz se inclinaron con respeto 
los árboles del bosque y las montañas; 
y del Jordán las olvidadas cañas 
humillaron su rústico dosel.

Aquel Niño creció... Mas unos hombres
le escupieron el rostro y le mofaron,
y en sus hombros sagrados colocaron
una pesada y vergonzosa cruz.
Él la llevó hasta el Gólgota bendito,
y en ella con furor le suspendieron,
y de espinas, sacrílegos, ciñeron
la sien del genio que formó la luz.

La Madre estaba allí.., y en su abandono
la salpicó la sangre del Calvario... 
¿Quién enjugó sus llantos? El sudario, 
prenda de amor del Niño que perdió... 
La Madre estaba allí.. . Flor solitaria 
que brota en la maleza del desierto,
y que cierra su cáliz entreabierto, 
cuando huye el sol que su calor le dio.

Sí; ni el Ángel, ni el Santo, ni el Profeta 
han dejado un recuerdo en mi memoria, 
como la triste y dolorosa historia 
que vive en ese Libro inmemorial. 
Los siglos rugirán sobre las torres 
que levanta a las nubes el orgullo; 
mas su potente y colosal murmullo 
respetará esa página inmortal.