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De la Santa Confesión

(De "Introducción a la vida devota" por San Francisco de Sales)

Nuestro Salvador ha dejado a su Iglesia el sacramento de la Penitencia y la confesión para que en él nos purifiquemos de nuestras iniquidades, siempre que por ellas seamos mancillados. No permitas que tu corazón permanezca mucho tiempo manchado por el pecado, pues tienes un remedio tan a mano y tan fácil. La leona que se ha acercado al leopardo, corre presto a lavarse, para sacar de sí el mal olor que este contacto ha dejado en ella, a fin de que, cuando llegue el león no se sienta, por ello, ofendido e irritado; el alma que ha consentido en el pecado ha de tener horror de sí misma y ha de lavarse cuanto antes, por el respeto que debe a la divina Majestad, que le está mirando. ¿Por qué pues, hemos de morir de muerte espiritual, teniendo, como tenemos, un remedio tan excelente?

Confiésate devota y humildemente cada ocho días, aunque la conciencia no te acuse de ningún pecado mortal; de esta manera, en la confesión, no sólo recibirás la absolución de los pecados veniales que confieses, sino también una gran fuerza para evitarlos en adelante, una gran luz para saberlos conocer bien y una gracia abundante para reparar todas las pérdidas por ellos ocasionados. Practicarás la virtud de la humildad, de ¡a obediencia, de la simplicidad y de la caridad, y, en este solo acto de la confesión, practicarás más virtudes que en otro alguno.

Ten siempre un verdadero disgusto por los pecados confesados, por pequeños que sean, y haz un firme propósito de enmendarte en adelante. Muchos confiesan los pecados veniales por costumbre y como por cumplimiento, sin pensar para nada en su enmienda, por lo que andan, durante toda su vida, bajo el peso de los mismos, y, de esta manera, pierden muchos bienes y muchas ventajas espirituales. Luego, si confiesas que has mentido aunque sea sin daño de nadie, o que has dicho alguna palabra descompuesta, o que has jugado demasiado, arrepiéntete y haz el propósito de enmendarte; porque es un abuso confesar un pecado mortal o venial sin querer purificarse de él, pues la confesión no ha sido instituida más que para esto.

No hagas tan sólo ciertas acusaciones superfluas, que muchos hacen por rutina: no he amado a Dios como debía; no he rezado con la debida devoción; no he amado al prójimo cual conviene; no he recibido los sacramentos con la reverencia que se requiere, y otras cosas parecidas. La razón es, porque, diciendo esto, nada dices, en concreto, que pueda dar a conocer a tu confesor el estado de tu conciencia, pues todos los santos del cielo y todos los hombres de la tierra podrían decir lo mismo, si se confesaran. Examina, pues, de qué cosas, en particular, hayas de acusarte, y, cuando las hubieres descubierto, acúsate de las faltas cometidas, con sencillez e ingenuidad. Te acusas, por ejemplo, de que no has amado al prójimo como debías; ¿lo haces porque has encontrado un pobre necesitado, al cual podías socorrer y consolar, y no has hecho caso de él? Pues bien, acúsate de esta particularidad y di: he visto un pobre necesitado, y no lo he socorrido como podía, por negligencia, o por dureza de corazón, o por menosprecio, según conozcas cuál sea el motivo del pecado. Asimismo, - no te acuses, en general, de no haberte encomendado a Dios con la devoción que debías; sino que, si has tenido distracciones voluntarias o no has tenido cuidado en elegir el lugar, el tiempo y la compostura requerida para estar atento en la oración, acúsate de ello sencillamente, según sea la falta, sin andar con vaguedades, que nada importan en la confesión.

No te limites a decir los pecados veniales en cuanto al hecho; antes bien, acúsate del motivo que te ha inducido a cometerlos. No te contentes con decir que has mentido sin dañar a nadie; di si lo has hecho por vanagloria, para excusarte o alabarte, en broma o por terquedad. Si has pecado en las diversiones, di si te has dejado llevar del placer en la conversación, y así de otras cosas. Di si has persistido mucho en la falta, pues, generalmente, la duración acrecienta el pecado, porque es mucha la diferencia entre una vanidad pasajera, que se habrá colado en nuestro espíritu por espacio de un cuarto de hora, y aquella en la cual se habrá recreado nuestro corazón, durante uno, dos o tres días. Por lo tanto, conviene decir el hecho, el motivo y la duración de los pecados, pues, aunque, ordinariamente, no tenemos la obligación de ser tan meticulosos en la declaración de los pecados veniales, ni nadie está obligado a confesarlos, no obstante, los que quieren purificar bien sus almas, para llegar más fácilmente a la santa devoción, han de ser muy diligentes en dar a conocer al médico espiritual el mal, por pequeño que sea, del cual desean ser curados.

No dejes de decir nada de lo que sea conveniente para dar a conocer la calidad de la ofensa, como el motivo por el cual te has puesto airada o por el cual has permitido que alguna persona perseverase en su vicio. Por ejemplo, un hombre que me es antipático me dice en broma, alguna ligereza; yo lo llevo a mal y me pongo airada; en cambio, si otro, con quien simpatizo, me dice algo peor, lo recibiré bien. No me olvidaré, pues, de decir: he pronunciado algunas palabras airadas contra una persona, porque me ha enojado por una cosa que me ha dicho, mas no por la clase de palabras, sino porque me es antipática. Y, si es necesario particularizar las frases que hubieses dicho, para explicarte mejor, harás bien en decirlas, porque, acusándote ingenuamente, no sólo descubres los pecados cometidos, sino también las malas inclinaciones, las costumbres, los hábitos y las demás raíces del pecado, con lo que el padre espiritual adquiere un conocimiento más perfecto del corazón que trata y de los remedios que necesita. Conviene, empero, en cuanto sea posible, no descubrir la persona que haya cooperado a tu pecado.

Vigila sobre una infinidad de pecados que, con mucha frecuencia, viven y se enseñorean insensiblemente de la conciencia, porque así los confesarás mejor y te purificarás de ellos.

No cambies fácilmente de confesor, sino, una vez hayas elegido uno, continúa dándole cuenta de conciencia, los días destinados a ello, confesándole ingenua y francamente los pecados que hubieres cometido, y, de vez en cuando, por ejemplo cada mes, o cada dos meses, dale también cuenta del estado de tus inclinaciones, aunque no te hayan inducido a pecado, como si te sientes atormentado por la tristeza o por el tedio, o si te dejas dominar por la alegría, por los deseos de adquirir riquezas o por otras parecidas inclinaciones.