Nuestras cruces no son tan grandes como las de Cristo

(De "Carta a los Amigos de la Cruz" de san Luis María Grignon de Montfort)

Tened mucho cuidado de creer, como los devotos orgullosos y engreídos, que vuestras cruces son grandes, que no son sino pruebas de vuestra fidelidad, y testimonios de un amor singular de Dios hacia vosotros. Esta trampa del orgullo espiritual es sumamente sutil y delicada, pero está llena de veneno. Pensad más bien:

1) que vuestro orgullo y delicadeza os hacen tomar como postes lo que no son más que pajas, como heridas las picaduras, como elefantes los ratones, como atroces injurias y abandono cruel una palabrita que se lleva el viento, en realidad una nadería;

2) que las cruces que Dios os envía son más bien amorosos castigos de vuestros pecados, y no muestras de una benevolencia especial;

3) que por más cruces y humillaciones que Él os envíe, os perdona infinitamente más, dado el número y la gravedad de vuestros crímenes; pues habéis de considerar éstos a la luz de la santidad de Dios, que no soporta nada impuro, y a quien vosotros habéis ofendido; a la luz de un Dios que muere, abrumado de dolor a causa de vuestros pecados; a la luz de un infierno eterno que habéis merecido mil y quizá cien mil veces;

4) que en la paciencia con la que padecéis mezcláis lo humano y natural bastante más de lo que creéis; prueba de ello son esos miramientos, esas búsquedas secretas de consuelos, esas expansiones del corazón tan naturales con vuestros amigos, y quizá con vuestro director espiritual, esas excusas tan sutiles y prontas, esas quejas, o más bien maledicencias contra quienes os han hecho mal, tan bien formuladas, tan caritativamente expuestas, ese reconsiderar y complacerse delicadamente en vuestros males, ese convencimiento luciferino de que sois algo grande. No acabaría nunca si hubiera de describir todas las vueltas y revueltas de la naturaleza incluso en los sufrimientos.