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Pentecostés, nacimiento de la Iglesia: La Iglesia de Cristo y el Espíritu Santo

(De la Audiencia General del Papa Juan Pablo II el 30 de agosto de 1989)

El día de Pentecostés, la Iglesia, surgida de la muerte redentora de Cristo, se manifiesta al mundo, por obra del Espíritu Santo. Este es el tema de la catequesis de hoy, introducida por la precedente acerca de la venida del Espíritu Santo que dio comienzo al nuevo Pueblo de Dios. Hemos visto que, haciendo referencia a la Antigua Alianza entre Dios-Señor e Israel como su pueblo “elegido”, el pueblo de la Nueva Alianza, establecida “en la sangre de Cristo”, está llamado en el Espíritu Santo a la santidad. Es el pueblo consagrado mediante la “unción del Espíritu Santo” ya en el sacramento del bautismo. Es el “sacerdocio real” llamado a ofrecer “los dones espirituales”.

Formando de esta manera el pueblo de la Nueva Alianza, el Espíritu Santo hace manifiesta a la Iglesia, que surgió del Corazón del Redentor atravesado en la cruz.

Ya en las catequesis del ciclo cristológico hemos demostrado que Jesucristo, trasmitiendo a los apóstoles el reino recibido del Padre, coloca los cimientos para la edificación de su Iglesia. En efecto, Él no se limitó atraer oyentes y discípulos mediante la palabra del Evangelio y los “signos” que obraba, sino que también anunció claramente su voluntad de “edificar la Iglesia” sobre los Apóstoles, y en particular sobre Pedro. Cuando llega la hora de su pasión, la tarde de la víspera, Él ora por su “consagración en la verdad”, ora por su unidad: “para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti,... para que el mundo crea que tú me has enviado”. Finalmente da su vida “como rescate por muchos” (Mc 10, 45), “para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 52).

La Constitución conciliar Lumen gentium subraya el vínculo que existe entre el misterio pascual y Pentecostés: “Como Jesús, después de haber padecido muerte de cruz por los hombres, resucitó, se presentó por ello constituido en Señor, Cristo y Sacerdote para siempre, y derramó sobre sus discípulos el Espíritu prometido por el Padre”. Esto se realizó en conformidad con los anuncios dados por Jesús en el Cenáculo antes de su pasión, y renovados antes de su partida definitiva de esta tierra para volver al Padre: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén... y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8).

Este hecho es culminante y decisivo para la existencia de la Iglesia. Cristo la anunció, la instituyó, y luego definitivamente la “engendró” en la cruz mediante su muerte redentora. Sin embargo, la existencia de la Iglesia se hizo patente el día de Pentecostés, cuando vino el Espíritu Santo y los Apóstoles comenzaron a “dar testimonio” del misterio pascual de Cristo. Podemos hablar de este hecho como de un nacimiento de la Iglesia, como hablamos del nacimiento de un hombre en el momento que sale del seno de la madre y “se manifiesta” al mundo.

En la Encíclica Dominum et Vivificantem escribí: “La era de la Iglesia empezó con la ‘venida’, es decir, con la bajada del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo de Jerusalén junto con María, la Madre del Señor. Dicha era empezó en el momento en que las promesas y las profecías, que explícitamente se referían al Paráclito, el Espíritu de la verdad, comenzaron a verificarse con toda su fuerza y evidencia sobre los Apóstoles, determinando así el nacimiento de la Iglesia... El Espíritu Santo asumió la guía invisible ―pero en cierto modo ‘perceptible’―de quienes, después de la partida del Señor Jesús, sentían profundamente que habían quedado huérfanos. Estos, con la venida del Espíritu Santo, se sintieron idóneos para realizar la misión que se les había confiado. Se sintieron llenos de fortaleza. Precisamente esto obró en ellos el Espíritu Santo, y lo sigue obrando continuamente en la Iglesia, mediante sus sucesores”.

El nacimiento de la Iglesia es como una “nueva creación” (Ef 2, 15). Se puede establecer una analogía con la primera creación, cuando “Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida” (Gn 2, 7). A este “aliento de vida” el hombre debe el “espíritu”, que en el compuesto humano hace que sea hombre-persona. A este “aliento” creativo hay que referirse cuando se lee que Cristo resucitado, apareciéndose a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo “sopló sobre ellos y les dijo: ‘recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos’” (Jn 20, 22-23). Este acontecimiento, que tuvo lugar la tarde misma de Pascua, puede considerarse un Pentecostés anticipado, aún no hecho público. Siguió luego el día de Pentecostés, cuando Jesucristo, “exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís” (Hch 2, 33). Entonces por obra del Espíritu Santo se realizó “la nueva creación”.

Además de la analogía con el libro del Génesis, se puede encontrar otra en un pasaje del libro del profeta Ezequiel, donde leemos: “Así dice el Señor Yahveh: Ven, espíritu, de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan” (Ez 37, 9). “He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel” (Ez37, 12). “Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis... y sabréis que yo soy el Señor” (Ez 37, 14). “... y el espíritu entró en ellos y se incorporaron sobre sus pies” (Ez 37, 10).

Esta grandiosa y penetrante visión profética se refiere a la restauración mesiánica de Israel tras el exilio, anunciada por Dios después del largo sufrimiento. Es el mismo anuncio de continuación y de nueva vida dado por Oseas y por Isaías. Pero el simbolismo usado por el profeta infundía en el alma de Israel la aspiración hacia la idea de una resurrección individual, tal vez ya entrevista por Job. Esa idea habría madurado sucesivamente, como lo atestiguan otros pasos del Antiguo Testamento y del Nuevo. Pero en aquella idea estaba la preparación para el concepto de la “vida nueva”, que se revelará en la resurrección de Cristo y por obra del Espíritu Santo descenderá sobre los que creerán. Por lo tanto, también en el texto de Ezequiel podemos leer, nosotros los creyentes en Cristo, una cierta analogía pascual.

Y he aquí un último aspecto del misterio de la Iglesia naciente bajo la acción del Espíritu el día de Pentecostés: en ella se realiza la oración sacerdotal de Cristo en el Cenáculo, “para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 12). Descendiendo sobre los Apóstoles reunidos en torno a María, Madre de Cristo, el Espíritu Santo los transforma y los une, “colmándolos” con la plenitud de la vida divina. Ellos se hacen “uno”: una comunidad apostólica, lista para dar testimonio de Cristo crucificado y resucitado. Esta es la “nueva creación” surgida de la cruz y vivificada por el Espíritu Santo, el cual, el día de Pentecostés, la pone en marcha en la historia.