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La Reconciliación

(De "La Reconciliación" de San Juan Crisóstomo)

Nos acercamos al altar enemistados, los unos contra los otros y en estado de ofensa, aunque Dios haya dicho: "Si ofreces tu oferta en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y ve a reconciliarte con tu hermano, sólo entonces vuelve para ofrecer tu ofrenda" (Mt. 5:23-24).

Sí, Dios ha tenido muy en cuenta nuestra reconciliación, pues ha tolerado dejar incompleto su sacrificio, interrumpiendo el servicio litúrgico, para que se terminen las enemistados y la ira; y nosotros, en cambio, no nos preocupamos, a punto tal que para nuestro daño alimentamos el rencor por días y días.

Cristo no sólo condena a los vengativos, sino también a aquellos que aunque no tan maldispuestos se desentienden, sin embargo, de los hermanos ofendidos. Pero porque quien está herido se resiente y quien ofende no es presa fácil del resentimiento, Dios quiere de hecho comparar el primero con el segundo, siendo más digno de castigo el que fue a la raíz del pecado.

Nosotros, en cambio, lejos de hacernos educar según tal disciplina, por nada constristamos a los hermanos y luego de haberles constristado, no nos preocupamos por reparar el mal hecho, como si no lo hubiésemos cometido. De ellos nos olvidamos sin preocuparnos de la enemistad por tanto tiempo mantenida, no considerando que la pena será tanto más grave, cuanto más tiempo dejemos pasar sin reparar la ofensa, razón por la cual la reconciliación nos será siempre más difícil, con el pasar del tiempo.

Como por el vínculo de amistad, no se da fácilmente valor y crédito a lo que divide, así en vez de prevenir la enemistad, nuestra alma busca y encuentra fácilmente algún motivo de desencuentro; creemos con preferencia al mal más que al bien.

Por eso, el Señor ordenó dejar el don sobre el altar e ir primero a reconciliarse con el hermano; quiere, pues, hacernos comprender que si no podemos absolutamente postergar la reconciliación en un momento como ése, tanto menos tenemos que postergarla en otros casos.

Nos aferramos a las imágenes de la realidad, sin tener en cuenta la verdad que significan, como por ejemplo, cuando intercambiamos el beso en el momento de ofrecer el don, haciéndolo muy a menudo con los labios y con la boca, mientras el beso que el Señor quiere que demos al prójimo, es el que nace del alma, el beso del corazón. Éste es el verdadero beso, aquél en cambio es un gesto de escena teatral, un beso que dado de esta manera, más que aplacar a Dios, lo puede irritar. Pide de nosotros el amor sincero y profundo, no lo que es un simple signo formal, cuando se haya apagado completamente aquel fuego. Esto será más bien la expresión de la iniquidad que nos hace esclavos, como está escrito, "al aumentar la iniquidad el amor de muchos se enfriará" (Mt. 24:12).

Así actuamos como hombres, a los cuales se les ha mandado no encolerizarse y no tener enemigos, o si los tenemos que sea sólo por un día, según lo que está escrito: "No se oculte el sol sobre vuestra ira" (Ef. 4:26).