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La Eucaristía


Finalizando su misión en la tierra, consciente de la proximidad de su muerte por nosotros, el Señor instaura el Sacramento de la Eucaristía que habría de representar la nueva alianza de Dios con la humanidad: el sacrificio de Jesús en la cruz por todos los hombres y mujeres del mundo, para nuestra salvación.

Es Pascua, él sabe que él mismo es el verdadero Cordero Pascual a punto de ser sacrificado. La solemnidad del momento es grande, lo que sigue será el culmen de su ministerio y misión, sus palabras son precisas, no hay desperdicio en ellas.

El pan y el vino, que son usados como elementos iniciales, son transformados en su Cuerpo y su Sangre y entregados a los discípulos para que coman y beban, con el mandato de seguir haciendo esto en el transcurso del tiempo en memoria de él: Tomó luego pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: "Éste es mi cuerpo que se entrega por ustedes; hagan esto en recuerdo mío." De igual modo, después de cenar, tomó la copa, diciendo: "Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre, que se derrama por ustedes" (Lc 22,19-20).

Respecto a la presencia real de Cristo en la Eucaristía y de la necesidad que tenemos de comer su Cuerpo y beber su Sangre, Juan nos habla extensamente en el discurso del Pan de vida del capítulo 6 de su Evangelio: Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo." Discutían entre sí los judíos y decían: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" Jesús les dijo: "En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre." (Jn 6,51-58).

Jesús es, pués, el Pan bajado del cielo, el Pan de Vida; su Cuerpo y su Sangre son verdadera comida y bebida, sin la cual no tenemos vida en nosotros. Comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre permanecemos en él, y recibimos vida de él. Es decir, mediante la Eucaristía podemos alcanzar la vida eterna. La presencia real de Jesús en la Eucaristía es el Sacramento de nuestra fe.

Repetir esa acción de Cristo en su memoria, significa actualizar en el altar su sacrificio, hacer vigente la muerte de Jesús en la cruz. A la vez que instituía la Eucaristía como Sacramento, Jesús estaba también conformando el Sacramento del Orden mediante sus Apóstoles. Lo dejo todo programado: las especies a usar, los ministros que oficiarían el culto de dicho Sacramento y las palabras que habrían de decir.

La Iglesia continúa celebrando la Eucaristía de acuerdo a este mandato, y así continuará hasta el final de los tiempos. Así Pablo nos dice: Porque yo recibí del Señor lo que les transmití: que el Señor Jesús, la noche en que era entregado, tomó pan, dando gracias, lo partió y dijo: "Este es mi cuerpo que se entrega por ustedes; hagan esto en memoria mía." Asimismo tomó el cáliz después de cenar, diciendo: "Esta copa es la nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la beban de él, háganlo en memoria mía." Pues cada vez que coman este pan y beban de este cáliz, anuncian la muerte del Señor, hasta que venga (1Co 11,23-26).

En este Sacramento, durante la consagración, las especies iniciales son transformadas: el pan y el vino, a partir de entonces,  pasan a ser el Cuerpo y la Sangre del Señor que se hacen presente en el altar; para tomarlos es necesario estar preparados y conscientes; por eso Pablo continúa diciendo: Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba del cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condena (1Co 11,27-29).

En la celebración Eucarística en el momento en que son levantados el Cuerpo y la Sangre de Cristo, son repetidas las palabras de fe y adoración que pronunció el apóstol Tomás cuando vió al Jesús aquel Domingo en el aposento alto: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20,28).

Igualmente, cuando en el culto de adoración Eucarística colocamos en un lugar elevado a Jesús Sacramentado, no podemos hacer menos que adorar y bendecir su presencia entre nosotros; le manifestamos nuestro agradecimiento por habernos dado el Pan del Cielo, que es su Cuerpo y Sangre que están presentes en la hostia consagrada; le agradecemos a Jesús que se haya quedado entre nosotros como Pan de vida, que podemos ver, tocar y hasta comer. Valoramos que nos permite acudir a su presencia, y en actitud de adoración y contemplación podemos depositar ante sus pies nuestras cargas, angustias y miserias, no importa que tan grandes sean; en tanto que recibimos de él su paz, consuelo y comprensión.  En su presencia podemos decir con fe y confianza:

¡Viva Jesús Sacramentado / Viva y de todos sea amado!

Oh Dios,
que en este admirable sacramento
nos dejaste el memorial de tu Pasión,
te pedimos nos concedas venerar de tal modo
los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,
que experimentemos constantemente en nosotros
el fruto de tu redención.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amen.